Coolidge era un liberal clásico, apoyaba el gobierno limitado, el federalismo, la principios básicos vigentes en la Constitución y la economía Laissez faire. En definitiva, era austero y prudente. Y se le presentó ante las narices una de esas situaciones políticas que pueden hundirte o llevarte a lo más alto.

Corría el año 1923, más concretamente un 2 de Agosto, cuando el 28º presidente de los Estados Unidos falleció en el hotel Palace de San Francisco, pasando así ese importante cargo a manos de su vicepresidente Calvin Coolidge Jr. Mientras tanto, Coolidge se encontraba en la casa que su familia tenía en Vermont, durmiendo plácidamente, cuando su padre, Calvin Coolidge Sr, le despertó para informarle de la trágica noticia que acaba de llegar gracias al telégrafo (La familia Coolidge carecía de red telefónica y luz eléctrica). A las 2:45, con un sueño atroz, juró ante una Biblia que sujetaba su padre el cargo presidencial, y se fue a dormir como si nada. Típico de este gran hombre, auestero, prudente y de pocas palabras.

Cal el silencioso nació en el Día de la Independencia de 1872, en Plymouth Notch (Vermont). Niño educado y de pocas palabras, reflexivo e inteligente, pasó su infancia ayudando a sus padres y estudiando. Cursó Latín y Griego, Historia y Política. El título de su conferencia de fin de graduación tenía por título el arte de la oratoria, algo contradictorio y jocoso para alguien tan callado como él. Decían de él que podía estarse callado en cinco idiomas. Sus frases tenían una media de 18 palabras, y sólo uso una vez el pronombre yo en sus discursos.

Pese a que le llamaban El Silencioso, no le faltaba sentido del humor.  Una vez, una señora se le acercó y le dijo que se había apostado con su marido que sería capaz de sacarle más de dos palabras. Coolidge, entonces, le dijo: Usted pierde.

Estudió derecho, y ejerció un tiempo como abogado, pero rápidamente se decidió por el compromiso público. . Tras dedicarse por un tiempo a la política municipal, saltó a la Cámara de Representantes de Massachusetts, estado al que se había trasladado para ejercer la abogacía y del que llegó a ser gobernador (1918). No parecía que fuese a llegar más allá de la política estatal, pero se le presentó ante sus narices una de esas situaciones críticas que pueden llevar tu carrera política a lo más alto o hundirse. En Boston, la mayor parte de los policías se pusieron en huelga de forma ilegal, ya que eran funcionarios públicos, haciendo de Boston el lugar perfecto para delincuentes. Como federalista, defendía los derechos de los estados, los condados y los municipios, por lo que no se entrometió mucho y dejó que el alcalde de Boston se hiciera cargo de la situación. Como este no consiguió solucionar el conflicto, Coolidge decidió intervenir y despidió a todos los policías que estaban haciendo una huelga ilícita y atentando contra la seguridad pública, y contrató nuevos agentes. En pocos días la seguridad volvía a existir en la capital de la región de Nueva Inglaterra. Echó un pulso contra los que cometían actos ilegales y ganó, sin dejarse chantajear.

Ese acto de valentía y firmeza frente a la ilegalidad le catapultó a la fama por todo el movimiento liberal conservador estadounidense. En las elecciones de 1920, tras años de experimentos extraños en el exterior -el nacionalismo de Mckenley, el aventurismo de Teddy Roosvelt y el idealismo de Wilson- y políticas intervencionistas en el interior, el senador republicano por Ohio, Warren G. Harding, ganó a su rival demócrata con un discurso de vuelta a la normalidad y bajo el lema de America First. Su compañero de fórmula era Calvin Coolidge. Harding se enfrentó a una pequeña recesión de posguerra, con la cual luchó desregulando y bajando los impuestos. Fue la última recesión en Estados Unidos en la que el gobierno ha optado por el laissez fairer. En política exterior, se volvió al aislacionismo tradicional norteamericano. La historiografía pogresista ha desprestigiado de manera canalla a Harding. Tomó medidas muy positivas, pero puso en las secretarías más importantes a corruptos.

Tras la repentina muerte de Harding en 1923, nuestro protagonista llegó a la presidencia de EEUU. En un gesto que le honra, decidió continuar con el programa político de su antecesor, que no distaba mucho de sus ideales. Calvin era un liberal clásico: apoyaba el gobierno limitado, el federalismo, los principios vigentes en la constitución, el laissez faire... su gran aportación al ideario político republicano fue la defensa del libre comercio. Los republicanos hasta entonces habían defendido el laissez faire, pero eran proteccionista, y los demócratas eran intervencionistas -salvo el honorable caso de los Bourbon Democrats-  pero defendían los bajos aranceles. Los republicanos, y Coolidge el primero, se dieron cuenta de que tras la Primera Guerra Mundial el libre comercio beneficiaba tanto a Europa como a América.

En 1924 fue reeligido, venciendo al demócrata católico Al Smith. Parecía que habíamos vuelto, en lo que respecta a la división partidista territorial, a la situación de la Guerra de Secesión: el Norte y el Oeste votó republicano, y el Sur demócrata. Pero que no nos engañe la análoga situación con la de 1861, el país estaba más unido que nunca. Las políticas de capitalismo de libre empresa estaba funcionando, ya que ambos candidatos defendían políticas económicas análogas. La diferencia la marcó el apoyo de Coolidge a las sufraguistas y su rechazo hacia la segregación racial que tanto gustaba a los demócratas. Ya como presidente elegido democráticamente, pudo llevar a cabo un programa electoral propio.

En materia económica, siguió con las políticas marcadas por su antecesor, pero yendo más allá. Redujo tanto los impuestos sobe la renta que sólo un 2% de la población -las rentas más altas- tenían que pagar impuestos federales. Decía sabiamente: La colecta de cualquier impuesto que no sea absolutamente necesario, es sólo una especie de latrocio legalizado. Gracias a las políticas de libertad económica que implementó, y tan decididamente implementó, se produjeron en Estados Unidos los felices años 20. Y si no hubiera sido por la nefasta política monetaria que la independiente e irresponsable Reserva Federal llevó acabo, no hubiera habido ni Crack del 29, ni las nefastas políticas intervencionistas de Hoover y Roosvelt. Todo esto, lo explica de manera brilllante Murray Rothbard en su ensayo la Gran Depresión. Sin embargo, la izquierda echa la culpa de esa crisis al Capitalismo salvaje de Coolidge, y la defensa convecida que Hoover hacía del laissez Faire -venga, no me hagan reír-. También redujo el gasto público y concedió la plena ciudadanía a los indios americanos.

En 1928 no quiso presentarse a la reelección aunque podía perfectamente. La muerte de su único hijo lo había devastado emocionalmente. Hebert Hoover, fue elegido presidente de EEUU, pero Coolidge nunca lo apoyó pese a la buena fama que este tenía. Sabía cual era la naturaleza corporativista del magnate de Pennsilvania. Murió en 1933, viendo como su sucesor y el sucesor de este cambiaban América para siempre, destruyendo su fabuloso legado.

Se dice que, cuando Ronald Reagan entró por primera vez en el Despacho Oval como presidente, había tres cuadros: uno de Thomas Jefferson, uno de Abraham Lincoln y otro de Franklin D. Roosvelt. Pidió entonces que se quitarán los de Jefferson y Roosvelt, y se pusiera uno de Coolidge y otro de Eisenhawer. El encargado del despacho presidencial dijo: Ha empezado una nueva era.

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