Son estas fechas días de tumulto, de bullidoras propuestas en las que aflora la patita del radicalismo y las brújulas tienden a desorientarse. Y pese a que tanto ruido les impida a ciertos seres apasionados mantener la claridad y justeza respecto a los sucesos de los que todos somos testigos, conviene no perder la perspectiva y atarse al mástil para no dejarse embaucar por los cantos de sirena, animal híbrido que, como ustedes saben, lograba con sus cánticos lo que no conseguía con su presencia; tan horrendas nos las dibuja la iconografía de los tiempos de Homero. Detengámonos, pues, cojamos aire, recapacitemos y veamos por qué este “proceso de autodeterminación” poco tiene de liberal y sí mucho de totalitario.

Lo primero que conviene recordar es que la Ley, así como los procedimientos en ella recogidos, son la única garantía del ejercicio de la libertad en una sociedad complejísima sustentada sobre la interacción de millones de individuos. De esto se deriva que el Imperio de la Ley, en su acepción más depurada, ha de primar como cimiento irrenunciable en la relación ciudadanía-instituciones. Y si bien es cierto, que una Ley injusta puede ser objeto de desobediencia, no lo es menos que la injusticia de la Ley ha de valorarse en función de si atenta, o no, contra los derechos individuales, cosa que aquí no ocurre. Pero es que, además, es esta misma ley que hoy se tilda de injusta la que el pueblo catalán apoyó masivamente en 1978 superando la media de España. ¿Qué ha cambiado en su texto para que lo que entonces estaba muy bien ahora pase a estar muy mal? ¿Tanto ha calado la propaganda también entre los liberales de Cataluña?

El segundo punto es aún más evidente. El derecho de autodeterminación de los pueblos no es compatible, ni filosóficamente ni en la práctica, con el derecho de autodeterminación del individuo. No es necesario recrearnos en demasiadas entelequias para asumir el contenido de este razonamiento. Y es que el imperio de la voluntad colectiva contradice sin posibilidad de conciliación el imperio de la individual. Ello no implica que la voluntad de una persona no pueda coincidir con la de la mayoría, pero el fundamento de los derechos de los individuos está precisamente en que la masa no pueda ejercer un poder coactivo sobre lo que únicamente a éstos incumben.

Del mismo modo, conviene no dejar de lado que este proceso soberanista se ha orquestado con fines políticos a espaldas de la sociedad civil catalana. Hasta fechas recientes, las reivindicaciones esgrimidas por las autoridades autonómicas no han nacido espontáneamente del cuerpo social, sino que han servido de arma política contra los órganos centrales. Sólo por este rasgo, un órdago como el que hoy se dirime debería ser presa del escepticismo liberal y comenzar a suscitar nuestra preocupación más reposada. ¿Podemos desde nuestras posturas aceptar un gobierno que divide deliberada y artificialmente a sus gobernados?

Las más hondas raíces del liberalismo propugnan la pacífica convivencia entre los pueblos y quienes los integran. Esto aconsejaría, en buena lógica, oponerse a las divisiones que, orquestadas desde los poderes públicos, abusando de la ingeniería social e incurriendo en desviaciones de poder, alimentan el rechazo y las rencillas entre sus habitantes con el fin de instaurar un modelo de estado que poco o nada tiene que ver con el de una nación de personas libres. ¿O es que un gobierno encabezado por la CUP y el remedo futuro de ERC va a convertir Cataluña en Ancapia? ¿Tan ingenuos somos como para pensar que, en un país donde ni siquiera el centro derecha manifiesta intención alguna de bajar los impuestos, son los aduladores Fidel Castro quienes hagan posible la utopía libertaria?

El liberalismo ha de reiterar siempre su compromiso con la Ley, máximo exponente del Estado de Derecho, con la paz social y con el orden público, puntos de partida insoslayables para el libre desenvolvimiento de la persona en un mundo cada vez más inestable y convulso. No hacerlo equivale a dejarse utilizar como marionetas al servicio de oscuros intereses que, en este caso, nada tienen de liberales.