Ante el proceso de autodeterminación e independencia que vive Cataluña, hay tantas opiniones de liberales como liberales hay en el mundo. Los hay quienes, convencidos de que la única manera de vivir en una sociedad más próxima a los derechos individuales es separarse de España, promulgan y defienden la secesión de los territorios catalanes. También hay aquellos que empuñan cual Tizona la Constitución Española de 1978, y argumentan que la independencia de Cataluña no debe suceder porque iría contra la ley base que armoniza la convivencia en el Estado Español. Y en medio de muchísimas más posiciones y argumentos, hay un tercer grupo de liberales que solamente quiere que el debate sobre la independencia deje de ser portada para poder enfocar sus esfuerzos en otras batallas, como las bajadas de impuestos o la liberalización de tal o cual sector. Como cada posición respecto el candente tema tiene algún que otro ilustre liberal defendiéndola, sería atrevido escribir sobre cuál de ellas es mejor o más coherente con el grueso de ideas que forman el liberalismo. En lugar de eso, es necesario fijar nuestra vista en algo mucho más importante que está por encima de nuestra opinión personal sobre lo que los catalanes hagan o dejen de hacer.

Durante la mañana del domingo 1 de octubre de 2017, mientras decenas de miles de ciudadanos intentaban abrir escuelas y otros edificios para usarlos como centros electorales, otros tantos miles de policías y agentes del Estado Español salían del puerto de Barcelona para intentar impedir tales aperturas en todo el territorio del Principado. Ante la negativa de la policía autonómica de actuar de una manera que ellos habían calificado de “inadecuada y extrema”, el Gobierno Central no dudó en hacer uso del brazo armado de la ley. Y usar el brazo armado de la ley tiene consecuencias. A eso de las 14:00, mientras este artículo se escribe, más de 300 personas han sido heridas a manos de las fuerzas de seguridad, y otras tantas han visto delante suyo las implicaciones prácticas del “monopolio de la violencia” que posee el Estado. 300 individuos que, en mayor o menor medida, han visto su integridad física asaltada por intentar llevar adelante un proceso participativo que, al fin y al cabo, el mismo Gobierno que los reprime había calificado de inútil. Reprimidos debido a un referéndum “sin consecuencias”. Y ante estos hechos, sí que debe haber una respuesta liberal conjunta al margen de lo que cada uno piense sobre la independencia. Del mismo modo que hay una respuesta liberal conjunta contra las consecuencias de otros abusos de poder del Estado, como la guerra contra las drogas o la “inmoralidad sexual”.

Actuación descerebrada y liberticida

Miremos unos cuantos ejemplos históricos que pueden ayudar a comprender porque la única posición liberal ante los abusos de fuerza por parte de un Estado (¡cualquier Estado!) es la repugnancia total y absoluta. Desde Adin Ballou, el anarquista americano, a William Lloyd Garrison, famoso panfletista abolicionista, los liberales de la época no dudaron ni un minuto en cuestionar la legalidad del tráfico de personas en los Estados Unidos. Aunque su posición era minoritaria en las comunidades que ellos habitaban y sus soluciones consideradas ilegales e inconstitucionales, el rechazo ante la violencia estatal les guiaba a denunciar la esclavitud y otras condiciones reprimidas con fuerza por las fuerzas armadas de la época. Ciertamente, las causas por las que ambos liberales (y muchísimos más) luchaban eran ilegales, y los objetos de sus ataques (la esclavitud, la segregación sexual, racial, etc.) plenamente constitucionales, y aun así son considerados hoy en día héroes en la lucha por la libertad real del individuo.

Cuando la lucha contra la legalidad de la esclavitud fue ganada por los defensores de la libertad, otras batallas fueron también combatidas. La desobediencia civil y la condena de los posteriores ataques por parte de las fuerzas del Estado fueron clave durante la época por los derechos civiles en Estados Unidos, pero también en una dictadura como la del General Franco en España. En ambos casos, las reacciones por parte de la policía ante los ciudadanos que se manifestaban pacíficamente estaban dentro de la legalidad y de lo apropiado para mantener el orden y la ley, pero igualmente fueron criticadas y condenadas por los liberales y por todas las personas con cierta conciencia y empatía. Cuando Dietrich Bonhoeffer, pieza fundamental en la historia de la resistencia pacífica, fue detenido y ejecutado, su condena fue plenamente legal, pero igualmente condenable. Cuando Rosa Parks se negó a cambiarse de asiento, y fue detenida por ello, su detención ocurrió en medio de la legalidad vigente. Y sin embargo hoy la recordamos por su valentía y su honestidad.

Incluso si un Estado reprime conforme a la legalidad vigente y dentro del marco constitucional, tal represión debe ser condenada si no se adecua a los umbrales de la decencia y del respeto a la libertad individual y de consciencia. Y, aunque debería ser obvio que romper dedos, brazos, piernas y disparar contra población desarmada son actuaciones descerebradas y nada apropiadas para un crimen como votar en un referéndum, demasiados liberales españoles parecen excusarse en su excepcional defensa de la Constitución española (la misma Constitución que califican de socialista por no defender la libertad privada). Cegados por una razón u otra, se niegan a ver en las decenas de fotos de ancianos ensangrentados una agresión contra la decencia humana. Y, por tanto, se niegan a defender la libertad individual fuera de la esfera intelectual a la que están acostumbrados.

Violencia real de la opresión estatal

Pero se equivocan. Condenar las acciones policiales de hoy no es de ningún modo apoyar la independencia de Cataluña. Ni siquiera el referéndum. Es atreverse a decir, en medio de sus comunidades contrarias a esta opinión, que el uso de la fuerza mostrado hoy está fuera de lugar en una sociedad civilizada cuando el crimen es poner un papel en una urna. Como Adin Ballou o Lysander Spooner, quien se atreva a hacer tales declaraciones en una sociedad que aplaude sin remordimientos las agresiones policiales deberá tener el valor de enfrentarse solo a la multitud. Pero no deberíamos esperar nada menos de un liberal.

Hoy algunos de nosotros iremos a dormir con amigos en el hospital o detenidos por un delito que, aunque parezca mentira, se reduce a querer hacerse oír ante un gobierno inmovilista y liberticida como el de Mariano Rajoy. Defender su libertad de expresión y el derecho a votar en un referéndum es lo mínimo que una persona que dice ser fan de Von Mises, Hayek, o cualquier otro ídolo liberal, puede hacer. Los vídeos de lo ocurrido en diversos puntos de votación pueden encontrarse fácilmente en la red, por lo que mantenerse en silencio en estos momentos es inexcusable. Callar, hoy, es un liberticidio.