[fullwidth background_color="" background_image="" background_parallax="none" enable_mobile="no" parallax_speed="0.3" background_repeat="no-repeat" background_position="left top" video_url="" video_aspect_ratio="16:9" video_webm="" video_mp4="" video_ogv="" video_preview_image="" overlay_color="" overlay_opacity="0.5" video_mute="yes" video_loop="yes" fade="no" border_size="0px" border_color="" border_style="solid" padding_top="20" padding_bottom="20" padding_left="80px" padding_right="80px" hundred_percent="no" equal_height_columns="yes" hide_on_mobile="no" menu_anchor="" class="" id=""][fusion_text] Hace un par de semanas, España entera se despertaba al compás de la indignación general de nuestra...

[fullwidth background_color="" background_image="" background_parallax="none" enable_mobile="no" parallax_speed="0.3" background_repeat="no-repeat" background_position="left top" video_url="" video_aspect_ratio="16:9" video_webm="" video_mp4="" video_ogv="" video_preview_image="" overlay_color="" overlay_opacity="0.5" video_mute="yes" video_loop="yes" fade="no" border_size="0px" border_color="" border_style="solid" padding_top="20" padding_bottom="20" padding_left="80px" padding_right="80px" hundred_percent="no" equal_height_columns="yes" hide_on_mobile="no" menu_anchor="" class="" id=""][fusion_text]

Hace un par de semanas, España entera se despertaba al compás de la indignación general de nuestra sociedad, siempre dispuesta a luchar apasionadamente por una causa justa. En este caso, una asociación católica había tenido el atrevimiento de plasmar por escrito en un autobús sus opiniones sobre la ideología de género, que como el lector ya sabrá, no eran precisamente favorables. En respuesta a tal acto barbárico y obviamente medieval, Twitter al completo, haciendo gala de su encomendada misión de defender los valores progresistas de nuestro país, se lanzó a la yugular de HazteOir.org para denunciar lo que se consideraba un “asalto a los derechos de las personas transexuales”. En cuestión de días, el mencionado autocar estaba inmovilizado en Madrid. La asociación promotora de la campaña había sido flanqueada por la prensa y el vocerío general, y fue ordenada por un juez la retirada del vehículo de la circulación pública hasta que el mensaje “Que no te engañen. Si naces hombre eres hombre. Si eres mujer seguirás siéndolo” fuese eliminado. Aunque la misma organización no tardó en reemplazar el autobús por una furgoneta similar (con un mensaje más moderado y adaptado a la legalidad), el debate estaba servido. Por un lado estaban aquellos que creían que el mensaje, por su tono “ofensivo” y sus ideas “retrógradas”, debía ser prohibido, perseguido y erradicado de la sociedad. Por el otro, la minoría que estaba de acuerdo con la retórica anti-ideología de género y creía en el trabajo propagandístico de la campaña publicitaria.

En medio de ambos bandos, el liberal español medio medía sus palabras para no ofender a nadie a la vez que trataba de no traicionar sus principios al defender aquello que desde los tiempos de Locke lleva en su ADN: la libertad individual, el derecho a la libre conciencia y expresión. Por ejemplo, Juan Pina, Presidente del Partido de la Libertad Individual (P-Lib) matizaba su apoyo a esta mencionada libertad pero añadía  un rechazo previo al mensaje de HazteOir, no fuera caso que le confundieran con uno de ellos por reclamar el respeto a la divergencia. La gran mayoría de familias políticas del Partido Popular o el PDCat, por nombrar dos partidos políticos que dicen ser portadores de las ideas liberales, defendieron la prohibición del autobús, como por ejemplo Cristina Cifuentes y el PP de la Comunidad de Madrid. Del mismo modo, la mayoría de asociaciones liberales y libertarias de nuestro país no comentaron la prohibición de la circulación, prefiriendo quedar al margen del debate público que se estaba formando a pasos agigantados. Lo que parecía ser una violación del derecho a la libre expresión quedaba sin ser defendido precisamente por aquellos que sujetan, o deberían sujetar, el estandarte de las libertades y los derechos individuales.

Mientras en Madrid se prohibía la circulación del autocar en cuestión, en Las Palmas ocurría un acto de igual importancia pero que, por alguna razón, no tuvo el mismo altavoz mediático. Un hombre semidesnudo y bastante maquillado, de apodo Drag Sethlas, era coronado Drag Queen del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria tras realizar lo que el jurado debió considerar el “mejor espectáculo” de la noche. Disfrazado de una Virgen María altamente sexualizada, salió al escenario con la clara intención de referenciar burlescamente escenas bíblicas que gran parte de la población considera de alto valor espiritual. En un momento dado del baile, Drag Sethlas aparecía como si fuera Cristo crucificado realizando un espectáculo erótico en la Cruz del Calvario. Este acto provocador (transgresor y atrevido, decían sus fans) fue condenado duramente por diferentes figuras políticas, sociales y religiosas como el Obispo de Canarias, Francisco Cases, que lo calificó de “frivolidad blasfema” y “día triste para Las Palmas”. Carlos Herrera, periodista de la cadena COPE, calificaba la danza ganadora de “mamarrachada”, y compartía con sus miles de oyentes su indignación por el hecho de que provocar al colectivo cristiano estuviera tan normalizado en España.

Ambos actos, tanto el autobús de HazteOir como el Carnaval de Las Palmas, eran de alguna manera provocaciones a distintos colectivos. Pero la reacción social y gubernamental no fue la misma, ni mucho menos. Mientras que el Gobierno local de Madrid prohibió la circulación del autobús por su carácter “ofensivo” ante el silencio generalizado de los liberales, nadie pidió la eliminación del carnaval, ni su prohibición, ni su restricción, ni cualquier otro tipo de interferencia estatal, con la posible excepción de un par de comentaristas de los foros de Intereconomía, cuyos comentarios cayeron rápidamente en los olvidadizos anales de internet. En uno de los casos, se pretendía (y se consiguió) eliminar la provocación a través de la vía judicial, del poder público, en última instancia de la violencia, manifestada en el acto de retener el vehículo. En el otro, se esperaba que una reacción social y una indignación por parte de la comunidad afectada serían suficientes. En uno, el enfado y la ofensa colectiva se convertían en razón suficiente como para censurar las ideas de otras personas. En otro, el más mínimo flirteo con la posibilidad de regular los carnavales para evitar casos como el ocurrido en Las Palmas sería llamado, con más o menos razón, autoritario y hasta fascista.

Analizando ambas maneras de abordar una ofensa contra un colectivo, ¿qué conclusión puede sacar un liberal? Primeramente, debe uno reafirmarse en una correcta interpretación de la libertad de expresión, que no es más que una extensión del derecho a la libertad de conciencia y a la propiedad privada (sobre uno mismo y el fruto de su trabajo y esfuerzo). Si uno tiene la capacidad de tener ideas propias y el derecho a pensar de manera independiente, debe poder hacerlo público siempre que se encuentre en su propiedad o en un lugar en el que hacer esto no esté explícitamente prohibido. Este principio axiomático está reconocido en la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que ya en 1791 reconocía la imposibilidad del Congreso de limitar la “libertad de expresión”, “prensa”, “libre práctica de la religión”, etc., inspirada por los escritos magistrales del padre del liberalismo, John Locke. La tolerancia defendida por el pensador británico se convertiría en uno de los 5 pilares del movimiento por la libertad, como diría John Stapleton. Tolerancia. El respeto a los proyectos de vida de otras personas. La decisión consciente de no forzar en otros opiniones o creencias, respetando las de estas otras personas siempre y cuando no atenten contra nuestros propios derechos. En otras palabras, liberalismo puro y duro.

En las dos situaciones comentadas previamente, ¿qué colectivo está siendo más tolerante, y por lo tanto, más liberal? Analicemos la situación de nuevo. Ambos parten de una base común, pero uno de ellos usa el poder público y sus herramientas como la ilegalización y el otro no. Ambos se ofenden por las palabras de terceros, pero uno de ellos es tolerante (si esta tolerancia es fruto del hecho de no tener tanta fuerza social como antaño es indiferente) y el otro recurre a la acción legal, a la censura. Sin duda alguna, ante este hecho, es nuestra obligación como liberales, nuestro deber, enfrentarnos a todos aquellos que quieren impedir que individuos de nuestra sociedad alcen su voz y compartan su opinión con el mundo. Sin apologías previas ni excusas ni peros, volviendo al comentario de Juan Pina que se citaba al inicio del artículo. Por mucho que estemos en desacuerdo con el autobús de HazteOir.org, no nos basta con permanecer callados cuando se le prohíbe circular libremente por las carreteras nacionales.

Obviamente, si uno está en contra del discurso anti-ideología de género debe luchar en contra de este. Pero esta lucha debe estar basada en la razón y la argumentación, en el debate y el intercambio de ideas, nunca en la prohibición de aquello que nos pueda ofender. Noam Chomsky, pensador americano al que nadie puede atreverse a clasificar de ser de derechas precisamente, resumió este pensamiento cuando dijo elocuentemente que “si uno está realmente a favor de la libre expresión, debe estar a favor de ésta precisamente en aquellos que desprecia, en las ideas que uno odia. De otro modo, uno no está realmente a favor de la libertad de expresión”. No se trata de tomar posiciones en un debate acerca de quién tiene razón entre aquellos que defienden la transexualidad y aquellos que la encontramos equivocada. Se trata de promover la tolerancia para aquel con quien no compartimos ideales. Se trata de defender la posición liberal que se encuentra resumida magistralmente por el candidato a la Presidencia de Estados Unidos por el Partido Libertario en 2004, Michael Badnarik: “La posición libertaria [liberal] en el tema de las libertades de pensamiento, expresión y prensa es de apoyo absoluto e incondicional a todas ellas. Nos oponemos a toda intervención del gobierno que regule aquello que es moral o no es moral decir.”

Así pues, siguiendo el ejemplo de Michael Badnarik, tengamos el coraje de defender aquello que pocos han querido defender. Obliguémonos a ser consecuentes con nuestras ideas y luchar por una España en la que toda idea no violenta puede ser compartida, debatida, refutada y aceptada.

¡Luchemos por la libertad![/fusion_text][/fullwidth]

Facebook
Google+
Twitter
Reddit
LinkedIn
WhatsApp