Un estudio del mercado sanitario público y privado de Hong Kong.

Según el índice anual de libertad económica publicado por The Heritage Foundation, Hong Kong ha liderado el ranking mundial en libre mercado durante más de dos décadas. A pesar de sus monopolios y de la erosión de sus libertades, Hong Kong puede presumir de un impresionante mercado de clínicas privadas que prosperan, mano a mano, con los hospitales regulados por el gobierno.

Si contrastamos la situación de Hong Kong con otras economías más familiares veremos que, mientras el gasto total en sanidad de los Estados Unidos en 2014 fue de un 16,5% del PIB, en Hong Kong este mismo gasto fue tan sólo del 5,7%, con un 50% de acciones ordinarias del sector privado. Y aun así, la carencia de complicadas regulaciones en Hong Kong “contribuye a reducir los gastos administrativos asociados a la oferta y regulación de atención privada” (Yuen 1999, 8), reduciendo el precio de los médicos y aumentando la accesibilidad para un público insatisfecho con los hospitales gestionados por el gobierno. Hong Kong nos ofrece la posibilidad de observar un ejemplo tangible de ineficiencia gubernamental a la hora de ocuparse de la atención sanitaria pública, a la vez que nos enseña por qué el capitalismo puede proporcionarnos el antídoto al Leviatán estatal que monopoliza la sanidad en nuestras economías occidentales.

Figura 1. Gasto en sanidad en porcentaje del PIB en Hong Kong.

La sanidad privada en Hong Kong

En los Estados Unidos la sanidad está totalmente distorsionada debido a las regulaciones y acreditaciones necesarias. Por ejemplo, el número de médicos a los que se les permite practicar se restringe con complicados permisos bajo la excusa de proteger a los pacientes, limitando las fuerzas del mercado que naturalmente determinarían el uso más efectivo de los recursos médicos. Esto ha encarecido por igual el sector sanitario público y privado, pero al estar el primero de ellos subvencionado obligatoriamente por los contribuyentes, el segundo acaba convirtiéndose en una opción especialmente inasequible para la mayor parte de los usuarios, desprovistos de una gran parte de su poder adquisitivo.

Las clínicas privadas de Hong Kong están reguladas por las Ordenanzas Clínicas Médicas, pero estas regulaciones son cualquier cosa menos aplastantes: los profesionales médicos deben abonar una tasa de 1.625 dólares hongkoneses (unos 175 euros) para obtener una licencia médica tras finalizar sus estudios. Esta carencia de acreditaciones ha permitido que el sector privado siga siendo asequible para la clase media. Mientras los hospitales públicos cobran una tarifa adicional de 100 dólares (unos 10 euros) por visita u hospitalización diaria, el sector privado ofrece tres opciones a sus pacientes: camas de primera clase disponibles por 2.000-6.000 dólares (200-650 euros); camas de segunda clase por 1.200-3000 (130-300 euros) y de tercera clase por 800 dólares (85 euros). Una visita normal a un médico privado puede costar entre 100 y 650 dólares (de 10 a 70 euros), dependiendo de los servicios ofrecidos,

Figura 2. Precio diario de las clínicas públicas y privadas en relación al gasto público en salud (en dólares hongkoneses).

No obstante, tanto en Hong Kong como en los Estados Unidos, la sanidad privada sigue siendo la más efectiva en términos de producción y oferta de soluciones para los pacientes, como queda expresado en la “teoría del desplazamiento burocrático” de Gammon:

“[en] un sistema burocrático […] el aumento en gastos correrá a la par que una caída de la producción. […] Tales sistemas actuarán más bien como ‘agujeros negros’ en el universo económico, chupando recursos a la vez que reduciéndose en términos de producción ‘emitida’” (Gammon 1976, 27).

Así pues, los contribuyentes se encuentran atrapados entre a la Escila del desplazamiento burocrático (¿cómo podemos protegernos de la intervención gubernamental?) y la Caribdis de un sector privado no regulado (¿cómo podemos evitar la negligencia profesional resultante de los incentivos económicos, como medicamentos o cirugías innecesarios?). Y sin embargo, como veremos, todas y cada una de las posibles negligencias profesionales resultantes del sector privado y tan temidas por los amigos de la regulación gubernamental se dan ya dentro de las instituciones gubernamentales.

Protegiendo al paciente del gobierno

Las instituciones públicas sanitarias de Hong Kong se han visto sacudidas por numerosos escándalos en los últimos meses. Por ejemplo, cuando un doctor operó en el lado equivocado del cráneo de la paciente, o cuando unas “disposiciones ilógicas” mataron a un paciente que no pudo recibir su tratamiento. El Hospital Cristiano Unido, que posee el dudoso honor de tener el mayor número de fallecimientos por operación, también se ha visto envuelto en una controversia relativa a su ineficiencia burocrática.

Mientras estas instituciones públicas continúan existiendo a pesar de estas deficiencias, las clínicas privadas se ven recompensadas o castigadas en función de sus logros. Los pacientes hongkoneses son bien conocidos por “ir de compras médicas”: consultar diferentes médicos, públicos y privados, para una misma enfermedad para comparar precios y servicios –lo cual hace que el mercado privado sea competitivo y, al menos, tan seguro como el sector público (Young 1990, 134). Permítaseme explicar esto con un caso personal.

Una paciente fue dada de alta del Hospital Princesa Margaret tras haber sido diagnosticada por el médico con dolor de músculo abdominal. Dos días después fue hospitalizada y –nuevamente– diagnosticada erróneamente con apendicitis (algo ya imposible debido a su etiología). Tras los esperados resultados negativos se la sometió a observación durante tres días, periodo durante el cual le fueron administrados tres medicamentos para ETS (!) dos veces al día y sin razón alguna. Esto le causó dolor de estómago y, tras ser diagnosticada con un pequeño quiste benigno, fue dada de alta con cuatro medicamentos diferentes: un analgésico para el estómago y tres medicamentos para, nuevamente, ETS. El coste total fue de 12.420 dólares (1.340 euros) que, gracias al dinero de los contribuyentes, se vieron reducidos a 300 dólares (unos 30 euros) y tres días desperdiciados en una cama de mala muerte. La paciente buscó una segunda opinión en una clínica privada y tuvo que pagar únicamente 100 dólares, una tercera parte de lo que pagó en un hospital público, sin medicamentos adicionales.

Curando a la sanidad del gobierno

¿Por qué debe el gobierno proteger la sanidad? Las licencias no son sino un engaño para fortalecer el gobierno. Las instituciones subvencionadas por el gobierno son, a su vez, otra forma de agresión contra la propiedad privada. Si asumimos que el gobierno debe protegernos permitiendo ejercer únicamente a los mejores médicos, ¿por qué se les dio un título a estos médicos en un primer lugar? ¡Cuán pobres serían nuestras vidas si el gobierno sólo nos permitiese comprar los mejores coches de lujo, los mejores teléfonos móviles o la mejor comida! No es necesario decir que todos estos productos de lujo se volverían rápidamente tan deficientes como nuestra sanidad pública.

Los contribuyentes suelen asustarse ante la falta de regulación. Creen erróneamente que el gobierno ofrece más garantías que el sector privado, a pesar de toda evidencia en contra de ello. Los pacientes ya mueren con médicos regulados. Las clínicas privadas pueden tener tantos incentivos económicos para ampliar las estancias de sus pacientes como las clínicas públicas los tienen para abandonarlos unas noches en sus camas subvencionadas con dinero público. Pero las clínicas privadas que engañen a sus pacientes serán castigadas en una economía de libre mercado. Competirán, a su vez, ofreciendo servicios a un amplio rango de clientes y encontrando un nicho en el mercado para aquellos ciudadanos de bajo poder adquisitivo que no puedan permitirse una cama de lujo.

REFERENCIAS

Gammon, Max, Health and Security. London, 1976.
Yong, Rosie T.T., Heath for All: The Way Ahead. Hong Kong, 1990.
Yuen, P.P., “Health Care Financing in Hong Kong,” International Journal of Health Planning and Management 14 (1999).

Este artículo recibió el primer premio del Certamen de Ensayo SpeakFreely sobre Sanidad Pública. La versión original en inglés puede leerse aquí.

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