Cada día que pasa podemos observar en televisión, artículos de opinión, representantes políticos... una oleada léxica de la palabra fascismo, utilizándola como etiqueta política.

Para saber cuándo utilizar este calificativo convenientemente, nos retrotraeremos a 1944, cuando un autor italiano llamado Benedetti Croce escribió un artículo llamado “¿Quién es fascista?”. Este artículo aborda la confusión que crea esta palabra, ya que se está dilatando su semántica y, por tanto, desvirtuándola, provocando que carezca de lógica e historia.

Esa tergiversación de la palabra responde hoy día a la incapacidad de afrontar con una mirada crítica los asuntos contemporáneos. Además de abusivo, el uso de la palabra fascismo es irresponsable, ahistórico e irrespetuoso, como veremos a continuación.

La carga de irresponsabilidad la explicaremos a través de un caso histórico. El fascismo de Mussolini tuvo una cuasiresurrección antes de llegar al poder y esta fue gracias, en gran parte, a los antifascistas comunistas. Tras la muerte del secretario del Partido Socialista Unitario, Giacomo Matteoti, a manos de unos militantes fascistas, se produjo una grave crisis interna en el seno de los fascistas. Como respuesta al asesinato, surgió “la protesta del Aventino” con la finalidad de terminar con el partido fascista, pero los comunistas se desligaron. Y si se desvincularon de la protesta no fue porque no quisieran la eliminación del partido de Mussolini, sino por una peculiar estrategia. Esta consistía en considerar fascista o “socialfascista” a todo aquel que no era comunista o que no creyese en la revolución. Así, metían en este saco tanto a socialistas no revolucionarios, como a liberales o democristianos...Esta estrategia política del partido comunista cesó en 1934 con la III Internacional.

Dicha maniobra comunista llevó a etiquetar a verdaderos antifascistas como Giovanni Amendola, Luigi Sturzo o Filippo Sturzo como “semifascistas”. Aunque fuesen completamente intransigentes con el fascismo, lo que importaba es que no creían en la revolución. Claramente hubo gente dentro del partido comunista como Angelo Tasca o Umberto Terracini, que se manifestaron en contra de esta estrategia política. La consecuencia de ir en contra del comité les llevó a ser expulsados.

Este hecho histórico tiene dos lecturas de cara al tema que nos acata. Por un lado, vemos un reflejo en la actualidad donde se produce la fascitificación de todo grupo político a la derecha del mío. Por otro lado, precisamente esa desunión y separación de los verdaderos antifascistas llevó al verdadero fascismo a abriese camino. Aunque en la actualidad, este aspecto no tiene tanta relevancia porque el avance del fascismo es prácticamente inexistente. La cuestión es el clima de crispación que se deriva de esa fascitificación.

El aspecto ahistórico de esta acusación resulta evidente. En ningún momento se precisa si se refieren a un fascismo decinuevista, el fascismo de 1921, o del “fascio” del siglo XIX, que se correspondía con la izquierda republicana. Y no concretan por el simple hecho del desconocimiento que tienen de la materia. El fenómeno del fascismo de Mussolini, tal y como apunta Emilio Gentile, murió tras la segunda guerra mundial. Hay que tener en cuenta que este fascismo es un fenómeno del siglo XX con una dimensión organizativa, cultural y estructural sin precedentes. Para más inri, utilizan una disciplina muy loable como es la historia comparativa para tende analogías forzadas entre aquel movimiento y cualquier otro actual. Tal y como dijo el promotor de la historia comparada, March Bloch, esta disciplina no se basa en “cazar las semejanzas”. De esta manera podríamos encontrar aspectos del fascismo en partidos como Podemos o VOX, sin que por ello podamos afirmar que comparten esta ideología.

Por último, es irrespetuoso porque se trata de un movimiento trágico para la historia universal, y por eso no lo podemos utilizar como comodín político. Y es que con este tipo de acciones lo único que hacemos es banalizar el verdadero significado de la palabra. Entonces estaríamos faltando el respeto no solo a la verdad, sino a todas esas víctimas que se ha llevado del fascismo a las que estaríamos privando del reconocimiento de tal sufrimiento.

Por todo lo analizado, no podemos dejar en manos de estos irresponsables el poder de responder a la pregunta de quién es fascista. La única manera de responder a ello es con la historia, alejándonos de adalides que buscan un juego de diatribas publicistas. Juzguen ustedes mismos.

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