“Los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hoy estamos resueltos a marchar hacia delante por la vía de la libertad, de la paz y del progreso, hoy no queremos recordar ese pasado porque hemos enterrado a nuestros muertos y nuestros rencores”.

Con este discurso comenzaba Marcelino Camacho su discurso en el Congreso de los Diputados el 14 de Octubre de 1976 en los debates para la aprobación de la ley de Amnistía. Este fue el espíritu de unión y consenso que sentó la base de nuestra actual democracia.

Sin embargo, hoy en día somos espectadores de un fenómeno asombroso. Observamos cómo los que padecieron la guerra muestran un interés (o necesidad) por reconciliarse con ese pasado hostil, mientras que otra generación solo busca venganza.

El epicentro de este movimiento lo podemos situar tras la salida del PSOE de Felipe González. Un partido que compartía, junto con el resto de partidos, el orgullo de haber sido partícipes de un proyecto de nación democrática. A estos eméritos personajes les sucedió el PSOE zapateril. Es a partir de este momento cuando comienza a forjarse lo que Manuel Álvarez Tardío define como “nostalgia ineficaz”. Es por ello que nos encontramos con la actual e “innovadora” ley de Memoria Histórica.

Para ser justos, no podemos tacharla de representar un espíritu contrario al régimen del 78 y, mucho menos, podemos si quiera compararla con la actitud sesgada de lo que más tarde plantearán en su ley para la reforma de dicha ley. Se le pueden achacar ciertos fallos, sobre todo desde el terreno práctico, pero la ley “sobre el papel” no representa ningún tipo de temeridad.

El colofón y el punto más álgido llega (a mi parecer) con la irrupción del movimiento 15-M donde encontramos esa otra parte de España que solo piensa en la venganza, aunque a menudo la llamen “justicia democrática”. Esto cristalizará con Pedro Sánchez a la cabeza del PSOE, perdiendo el espíritu de aquellos líderes socialistas orgullosos de haber formado parte de la Transición. Asaltado por los complejos que le creó este movimiento, la maquinaría comenzó a funcionar hasta que se plasmó en la ya mencionada proposición de ley para la reforma de ley de la Memoria Histórica. Esta fue realizada por Andrés Perelló que contó con el asesoramiento de los “imparciales” Baltasar Garzón y José Antonio Martín Pallín.

En ella podemos encontrar una serie de cuestiones que a cualquier historiador, periodista o persona interesada en la idea de libertad académica, le deberían horrorizar. Por ejemplo, podemos encontrar el orwelliano artículo 6: “Creación de la Comisión de la Verdad”, donde se propone la creación de una comisión con el fin de buscar la verdad histórica. Analizándola, podemos sorprendernos cuando llegamos al punto 4 dedicado a su composición. Estará conformada por expertos en la disciplina, dejándolo a la arbitrariedad de quién ellos consideren experto, así como personas de los grupos memorialistas. La primera cuestión que me pregunto es: estas personas, sobre todo las del grupo memorialista, que nunca han hablado sobre la represión republicana ¿analizarán ahora de una manera objetiva la historia? Mi opinión es que no creo que ahora se vayan a vestir de imparcialidad. Podemos encontrar un hecho reciente donde estos mismos grupos intentaron silenciar la historia en el trabajo sobre la falange en Sevilla de un experto en este tema.

Claramente, cabía de esperar el punto 5 que habla de la cuota paritaria. No sé cómo le explicarán a María Elvira Roca que no puede estar en dicha comisión porque ya está el cupo completo de mujeres y faltan hombres, aunque sean más torpes que ella, pero así funciona la cuota. Es muy probable que directamente le digan que no es una experta. Esta sería la arbitrariedad política de la que hablábamos antes.

Siguiendo con este artículo, nos encontramos con el punto 6 que se ocupa de la búsqueda del testimonio oral. Es entonces cuando se me viene a la mente aquella entrevista del Huffington Post (como no podía ser de otra manera) a Maricuela, la última miliciana. En dicha entrevista, esta señora aseguraba que España está viviendo como en 1936. No creo que haga falta mayor desacreditación que la de comparar una situación de violencia política como la que se vivía en el 36, con la situación actual. En esta dirección, como ya declaró el ilustre historiador Antony Beevor: “es demasiado tarde para la historia oral, porque los pocos que quedan vivos ya han leído los episodios en los que ellos mismos participaron escritos por otros, y eso ha deformado sus recuerdos. Ya no es una fuente directa. Por eso lo importante es volver a los documentos de época, las cartas y los diarios escritos en ese momento. Ya sabemos lo poco fiable que es la memoria del ser humano.” ¿Distinguirán con total imparcialidad los testimonios que reflejen fielmente esta etapa de la historia?

Para terminar, llegamos al punto 9, el último filtro de la censura. Este punto obliga a que el relato sea debatido en el Congreso de los Diputados para su posterior aprobación y publicación. El “político” una vez más entrometido en el despacho de un historiador.

La única finalidad que se esconde tras el que afortunadamente todavía es un proyecto de ley, es realizar un relato único, claramente sesgado tanto por sus elaboradores como por los políticos. Este es un hecho inadmisible y tiránico. No hace falta irnos muy lejos para encontramos con una ley en Polonia con la única diferencia que es diseñada e implantada desde la otra dirección ideológico. La base de esta ley es que ningún historiador puede afirmar que hubo un genocidio antijudío por parte de la población polaca durante la invasión nazi. El resultado, como era de esperar, es la censura. De ahí la cantidad de problemas que ha tenido el ilustre historiador Jan T. Gross tras la publicación de su libro “Vecinos: El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne”, precisamente narraba estos hechos.

Todo este escenario esperpéntico se intenta endulzar con etiquetas como democracia, justicia y reconciliación, aunque la realidad es que están consiguiendo todo lo contrario. El único camino que nos queda para alcanzar una buena salud democrática es lo que se resumen en la palabra alemana Vergangenheitsbewältigung que acoge dos significados: “superación del pasado” y “lucha por llegar a un acuerdo sobre el pasado”. Debemos dejar atrás la cuestión de la memoria puesto que es falible e infidente por lo que tiende a olvidar los malos recuerdos, mientras que la historia debe hablar de hechos, sin importar nombres ni etiquetas. Y ante todo, que no vuelva a correr la tinta roja sobre ningún libro.

Fuente: El País (https://elpais.com/elpais/2018/02/06/opinion/1517929002_758608.html)

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