"Conversando con jóvenes liberales" es un nueva sección del blog que busca dar a conocer a algunos de los integrantes y colaboradores de la organización en España.

E - Buenos días, Daniel, y gracias por aceptar esta entrevista. Nos gustaría empezar preguntándote sobre cuándo y cómo entraste en contacto con las ideas de la libertad.

D - Muchas gracias a vosotras por la invitación. Lo cierto es que el tema de la libertad me lleva ocupando desde esa etapa de tránsito que es la primera adolescencia, desde ese momento en el que comienzas a plantearte las instituciones, el sentido último de la vida social y qué lugar puedes ocupar como individuo en la masa informe que es el colectivo. Ocurrió más o menos a los 12 años, cuando noté que me estaba volviendo mucho más especulativo. Lo cierto es que estaba adentrándome en la etapa de las grandes preguntas.

Ello vino un poco forzado por mi propia personalidad. Como todos los adolescentes con una manera de ser muy marcada, tuve momentos en que la presión del grupo hace que te plantees por qué mantener un camino, por qué seguir una línea personal de comportamiento que tú consideras más correcta o más ajustada a ti, cuando no te produce utilidad aparente. Y acaso porque soy uno de esos tipos que tiende a intelectualizar la vida en exceso, me adentré en el problema de la libertad a partir de lo que los filósofos llaman “el universal concreto”, es decir, el tratamiento de un gran tema desde las necesidades y circunstancias de la experiencia personal. Esto hizo que mi primera aproximación no fuese económica, ni siquiera política. Mi primera aproximación fue profundamente platónica, quiero decir, la libertad entendida como capacidad del espíritu para obligarse a hacer lo correcto, una vez alcanzado ese estadio superior al que llaman la rectitud de conciencia. Era una“libertad interna” al servicio de la virtud, algo que casaba muy bien con unas inquietudes un tanto extrañas hacia la trascendencia que por entonces me tenían algo absorto.

Curiosamente, en aquellos momentos no me consideraba liberal, sino ácrata, y eso que, por desgracia, siempre fui un niño muy obediente, muy formalito (ríe). El estallido de la crisis y el protagonismo de la economía en el debate público también influyeron en la cristalización de mis inquietudes. Recuerdo un domingo de agosto de 2009 (yo tenía aún trece años) que leí una entrevista al diseñador Adolfo Domínguez enMagazine, del diario El Mundo. En ella, argumentaba las ventajas de los cheques escolar y sanitario, y en gran medida me convenció. Me pareció que era una veta por la que se debía seguir, aunque por entonces estaba también muy influido por la doctrina social de la Iglesia, algo que a los pocos años me hizo mirar con simpatía la “Economía del bien común”, de Christian Felber.

Así, mientras me iba convenciendo de que la clave de una sociedad próspera se encontraba en el sector privado, me oponía al planteamiento de que el individuo estaba por encima del colectivo y de que sólo aquél debía ser el protagonista del sistema jurídico, dado que la segunda parte del primer mandamiento decía “amarás al prójimo como a ti mismo”, esto es, tú (individuo) al mismo nivel de relevancia que el resto (el próximo). Partiendo de ese imperativo, consideraba que el Estado debía velar muy activamente para armonizar y mantener en pie de igualdad los intereses colectivos de los individuales, de forma que no se cometieran abusos en el mercado ni quedase nadie en desamparo, aunque tampoco que la mayoría conculcara los derechos de las minorías.

Fue en ese momento de los 17 y 18 años cuando me puse con los escritos de Huerta y, principalmente, de Rallo (sobre todo, porque desmontaba la “Economía del bien común”, que era el sistema que estaba sometiendo a revisión). Además, desde hacía uno o dos años me consideraba “liberal en lo político”, en tanto que defensor de los principios básicos de gobierno limitado y separación de poderes, a la vez que iba viendo cómo el intervencionismo resultaba muy negativo al agravar la brecha entre “productores” y “burócratas” y drenaba los recursos de quienes invierten grandes sumas de dinero hacia quienes viven de rentas extractivas. Digamos que todo este camino fue mi antesala ideológica y que me fui posicionando a partir de un batiburrillo de ideas caótico y a menudo contradictorio. Al fin y al cabo, cuando uno es adolescente, se convence de las últimas teorías que lee si le parecen bien argumentadas, al menos hasta que va adquiriendo un instrumental analítico sólido. Quede claro que considero muy sano que un chaval piense y someta permanentemente sus ideas a la crítica más acerba, aunque le lleve a situaciones de indefinición o contrariedades. Es lo propio cuando se aspira a mantener una actitud de búsqueda.

E - Ahora que te conocemos más, nos gustaría saber qué piensas sobre algunas cosas. La primera pregunta es obligatoria. ¿Qué es para ti la libertad y qué implica defenderla?

D - Aunque, como he dicho, ese es uno de los debates que más interés me ha suscitado, no sabría definirla en corto. Me suelo acoger a la que Hayek proporciona en el primer capítulo de Los fundamentos de la libertad, cuando la compara con el estado de servidumbre: estatuto legal como miembro de una comunidad política, inmunidad frente al arresto arbitrario, derecho a trabajar en lo que se considere oportuno y derecho de movilidad. Obviamente, habríamos de añadir los derechos cívicos de expresión, asociación y manifestación, los relativos a lo que los latinos denominaban el ius comerci y otros derechos personales como derecho a unirse con quien se desee. Al menos, esta libertad entendida como ausencia de coacción es la que me interesa desde la filosofía social. Por otra parte, la “libertad interna” a la que antes he aludido sigue constituyendo una aspiración, pero es una aspiración personal que no debe tener trasfondo político. Considero que sólo incumbe a cada individuo y no creo que deba tenerse en cuenta en el campo de la filosofía social.

Ahora bien, ¿cómo se defiende? No lo sé. Por una parte, convendría que le fuésemos perdiendo el miedo, quiero decir, debemos romper la dicotomía entre libertad y seguridad a fin de que se perciba que una mayor libertad para todos los agentes no tiene por qué poner en riesgo el estatus económico, personal o social ni del individuo ni del grupo. Por otra parte, desde asociaciones como ésta no creo que debamos aspirar a convertir a la mayoría de la población (sería ilusorio y, a la larga, frustrante), pero sí deberíamos aspirar a que una minoría cada vez más numerosa (pongamos un diez o quince por ciento de gente razonablemente formada y crítica) defienda abiertamente los valores que propugnamos. Eso permitiría abrir el consenso a nuevas posiciones que habrían de tenerse en cuenta y nos permitiría contrarrestar el radicalismo que a ambos lados acecha en la política actual. Al mismo tiempo, no debemos caer en un liberalismo para élites, sino en un liberalismo comprensible próximo a las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos por encima de fascinantes debates bizantinos. De lo contrario, terminaremos siendo una pieza más al servicio de una política de bloques ajena a nosotros en la que únicamente nos dejarán jugar papeles testimoniales. Así, en resumen, creo que la defensa de la libertad será más útil y duradera cuanto más se acerque a posturas moderadas sin caer en un elitismo contraproducente. De no ser así, en el mejor de los casos seremos como esas gotas frías del Levante que adquieren un elevado protagonismo cuando caen (abren telediarios y demás), pero arrollan cuanto encuentran a su paso sin que rieguen cultivos ni hagan más fértiles los terrenos.

E - Enhorabuena por tu reciente premio y muchísima suerte en la publicación de tu libro Paréntesis. ¿Cómo valoras el papel de la literatura en la difusión de la filosofía liberal?

D - Muchísimas gracias, lo primero, aunque he de reconocer que Paréntesis es un librito de poemas muy menor. Dicho esto, la literatura es un ejemplo muy vivo de eso que comentábamos antes: “los universales concretos”, una serie de temas que a todos nos preocupan como el amor, la muerte, el sentido de la existencia, la justicia, etc., y entre los que sin duda se incluye la libertad. Lo que ocurre es que en cada autor ésta se concreta de formas muy variopintas. Pongo varios ejemplos. Primero: el poema de Hernández “Para la libertad” (que, por cierto, no es un poema autónomo sino la segunda parte de uno titulado “El herido”). Nos puede parecer un himno muy hermoso, y sin duda lo es, pero ese poema está escrito en el contexto de la Guerra Civil y dentro de un libro titulado El hombre acecha, de fuerte compromiso político con el bando republicano. Esto no tendría por qué significar nada sino fuese porque Hernández era miembro del PCE y en aquellos momentos estaba hipnotizado con la Unión Soviética, a la que el partido le había invitado en una visita casi oficial.

Hay una literatura en defensa de la libertad que no es liberal, ni puede serlo, lo que obviamente no impide que nos resulte magnífica y muy agradable de leer. Otro ejemplo en esta misma línea sería el drama de Lorca Mariana Pineda, en el que se exalta sobre todo la libertad interior y la de amar, ocupando la libertad política un papel anecdótico. Luego hay novelas que hablan de la libertad de un pueblo, difundiendo la mitología de que un tirano por el mero accidente ser de allí es menos tirano que cualquier gobierno que venga del extranjero. En España, casi toda la literatura asociada a la Guerra de la Independencia vendría a incardinarse en este grupo. Y otras veces, el autor plantea la pérdida de la libertad como la amenaza a las costumbres de un municipio específico, aunque resulten moralmente discutibles. Tal sería el caso de la obra de teatro El Prado, de John B. Keane, sobre la que Sheridan hizo luego su película.

Con ello quiero decir que la literatura de la libertad casi nunca es literatura liberal. Pero es que, además, dentro de la literatura difusora de los valores liberales hay obras que no lo son para nada. Ahí está la corriente de “la novela del dictador”, en teoría crítica con las tiranías latinoamericanas y defensora de las libertades cívicas y políticas, que cuenta con títulos como El otoño del patriarca, de García Márquez, un escritor extraordinario, pero que estuvo siempre próximo a Fidel (hasta el punto de que cuando le dieron el Nobel en 1982, éste regaló para la cena posterior 100 botellas de ron cubano). Bien es verdad que esta novela halló su contrapunto en La fiesta del Chivo, de su antagonista de generación Mario Vargas Llosa, muy crítica con el régimen de Leónidas Trujillo, próxima a la filosofía liberal y envidiable desde el punto de vista narrativo.

No obstante, soy de los que opinan que el matrimonio entre política y literatura es siempre problemático y a mí siempre me gusta recordar esa cita de García Nieto cuando decía que “más que un matrimonio, entre literatura y política debería haber una unión civil, fácilmente disoluble” (El comentario me parece ciertamente valioso trantándose de un hombre que pasó por ser el lírico oficial del franquismo; quizá sin serlo tanto, tanto. No lo sé). Pero hasta donde yo conozco, el panfleto político no es un género literario prestigioso a largo plazo. Pasada la fiebre, nadie te lee y, para muestra, ahí está Celaya, al que ni siquiera sus compañeros comunistas conocen, aunque ahora circule por ahí un vídeo de Pablo Iglesias recitándolo.

Yo creo que hace mucho más por el liberalismo y, sobre todo por la literatura, una postura crítica que un compromiso indicativo, quiero decir, una literatura que se oponga a los abusos de poder o, siendo ya optimistas, que busque las cosquillas a jerarcas sin detenerse ante ninguna clase de dictado, una literatura que dé testimonio de la lucha que algunos individuos mantienen para no dejar de serlo. Me parece una actitud preferible a aquellas otras que canten las excelencias de paraísos en la Tierra ciertamente imposibles. Si no, ahí está Rand, con su maniqueísmo ingenuo y sus personajes de cartón piedra, cuyos libros no he podido terminar porque se me acaban haciendo un poco insoportables. En cambio, hay otros libros que considero que ayudan bastante más a difundir la conveniencia de nuestros valores como Necesidad de libertad, de Reinaldo Arenas, o el Regreso de la URSS, de André Gide, obra por la que lo expulsaron del Congreso de escritores antifascistas, celebrado en Valencia en 1937, y en el que comenzaba a desmitificar la utopía de la hoz y el martillo.

Por cierto, que Necesidad de libertad es una obra que recomiendo mucho y que ahora mismo se puede encontrar fácilmente en España porque la ha reeditado recientemente una editorial pequeñita llamada Point de Lunettes. Yo la leí durante el verano de segundo de bachillerato y me conmovió mucho. Su autor fue un tipo que se unió en 1958 a las guerrillas, ocupó algunos cargos culturales durante el primer castrismo y se desengañó pronto. En ese punto, recuerda a su compatriota Cabrera Infante, pero es que Arenas sufrió la represión contra los homosexuales. En ese libro, cuenta cómo los jerarcas culturales del castrismo alteraron los textos póstumos de Lezama hasta convertirlo en un adepto al régimen. Para ello, se colaron en su domicilio con el fin de sustraer los manuscritos y estuvieron durante largo tiempo amenazando a su mujer. Leer aquello me repugnó lo indecible y me pareció un testimonio muy vívido de lo abyecta que es una tiranía. Reinaldo Arenas se suicidó en 1990 en Miami, enfermo de sida. Su testimonio es desolador y, por serlo, me parece que da extraordinaria cuenta de la obligación que tenemos de transmitir que todas las tiranías son execrables.

Diez años más tarde, paradojas de la vida, Hollywood hizo una película sobre su novela autobiográfica, Antes que anochezca, en la que Javier Bardem desempeñó el papel protagonista. Digo paradojas de la vida porque toda la familia Bardem se ha mostrado próxima a IU, un partido que, como todo el mundo sabe, lamentó hace dos años la muerte del camarada Fidel hasta el punto de que algunos miembros destacados acudieron muy compungidos al funeral.

En cualquier caso, quizá nos falte una novela que relate críticamente los problemas del hombre contemporáneo en las socialdemocracias de hoy y los riesgos a que conducen sibilinamente. Esto me recuerda a las ponencias de García Medina sobre “El capitalismo en la cultura popular”, que me parecen muy lúdicas y necesarias.

E - ¿Te consideras conservador?  ¿Son compatibles el liberalismo y el conservadurismo?

D - La verdad es que no tengo problema en considerarme conservador, aunque habría que hacer unas cuantas precisiones. La primera es que la oposición “conservadurismo” frente a “progresismo” obedece más a las descalificaciones propias del sistema de partidos que a un debate riguroso. Creo que casi todos podemos estar de acuerdo en que para progresar es necesario conservar. Si cada generación reiniciase la historia y no partiese de lo anterior, ningún avance sería posible. Dicho esto, también deberíamos distinguir entre conservadurismo y misoneísmo. Una cosa es desechar lo nuevo por el simple hecho de serlo y otro someterlo a revisión. Desde luego no me considero misoneísta, pero tampoco estoy convencido de que todo avance presentado como tal resulte bueno, positivo o civilizatorio.

Por otra parte, Balmes decía que, en España, los partidos conservadores terminan siendo conservadores de la revolución. (Perdonad por las citas, pero prefiero que me llamen pedante a plagiario). Así entendidos, los conservadores no serían más que progresistas retardados, psicologías acomodaticias que defienden el estado presente sin criterio distinto al de despreciar cuanto se ignora. Y ello dejando de lado a los “conservaduros”, como decían los satíricos del siglo XIX, cuya postura es evolutivamente muy razonable, pero ajena a la teoría política.

Frente a estas categorías, a mí me gustaría abogar por un “conservadurismo abierto”. Hay un concepto acuñado por Ramón Menéndez Pidal que es el de “tradicionalidad creativa” y con cuya reivindicación me siento muy a gusto. Luego, políticamente no veo incompatibilidades. Porque una cosa son los valores con los que yo quiera vivir, que sustenten mis relaciones con los demás o que yo defienda en público como socialmente buenos y sanos, y otra bien distinta que yo se los quiera imponer al resto, esto es, que busque moralizar por decreto.

Por otra parte, en todo conservador verdadero hay bastante de escepticismo y una idea razonablemente definida del bien, lo que nos previene del sarampión relativista. Pongo un ejemplo dentro del ámbito del derecho. Para nosotros los liberales, uno de los pensadores jurídicos de referencia es Bruno Leoni, autor que, dicho sea de paso, me gusta mucho. Sin embargo, a mí no me parece que La libertad y la ley suponga una aportación novedosísima, si acaso en lo que tiene de la incorporación del orden espontáneo y la metodología de Menger a la teoría del derecho.

Pero es que lo que dice ahí está ya en el pensamiento jurídico conservador, cuando observan que parte de la grandeza del derecho romano es que el pretor lo desarrolla pegado al caso concreto y que a partir de ahí se van infiriendo principios universales de justicia que luego cada generación va depurando. Ello implica tres cosas a mi juicio fundamentales. Primera: que la justicia existe, y existe no como abstracción sino como aspiración aplicable y predicable a los supuestos de la vida cotidiana. Segunda: que al estar descentralizada la toma de decisiones, los errores (casi siempre inevitables) tienden a enmendarse. Y tercera: que cada generación se siente depositaria de un acervo previo que cuestiona y corrige, pero que no lo trata con adanismo, quiero decir, que no se propone hacer tabla rasa con lo anterior, porque tampoco se siente capaz de ello. Creo que la postura conservadora, por lo demás muy austríaca, del avance evolutivo de las instituciones puede resumirse en el concepto de “decantación”.

Aquí también considero útil retomar Los fundamentos de la libertad, libro al que aludía al principio de esta charleta. Hayek lo finaliza con un post escriptum titulado: “¿Por qué no soy conservador?”. Pues bien, yo cada vez que lo leo me convenzo más de que sí lo era; al menos, en un sentido muy sano y constructivo con el que me identifico bastante. Lo mismo me ocurre al leer el que podría considerarse su testamento intelectual, La fatal arrogancia, aunque ahí la mano de Hayek es menos clara (parece que hay dudas de cuánto intervino el editor, Warren Bartley, en la confección del texto) y acaso sus consideraciones sobre la importancia de la religión también estén motivadas por la edad.

E - Como sabemos de tu pasión por la filosofía del derecho: ¿crees que existe alguna relación entre la evolución del modelo de familia y la concepción de la propiedad?

D - (Ríe). Yo lo más que podría llegar a ser es periodista de las ideas, nada de filósofo o apasionado por la filosofía, aunque agradezco mucho el comentario. No obstante, el lenguaje responde bastante mejor que yo a esa pregunta. Me explico. El espacio propio de la familia es el doméstico, es decir, la “domus”, casa en latín. También el “domicilum”, que deriva de lo mismo. Y un sinónimo de propiedad, proprietas, es dominium, dominio. (Todavía en nuestra lengua hablamos de “relaciones de dominio” para referirnos a las de propiedad, o, dentro de una empresa, diferenciamos a los consejeros independientes de los “dominicales”, que son los que en un Consejo de Administración representan a un propietario o una sindicación de ellos). Obviamente, “domus” y “dominio” comparten lexema; al fin y al cabo, el propietario de la domus es el domine, el señor de la casa. Paralelamente, el verbo “casar” y sus derivados derivan de “casa”, el inmueble por excelencia.Se evidencia, por tanto, que en nuestra cultura la relación entre propiedad y familia se ha dado de un modo tan férreo que hasta el lenguaje la recoge.

Luego están las teorías surgidas a partir del materialismo cultural y antropológico aplicado al derecho, según el cual el modelo de familia de Occidente buscaba sobre todo mantener la propiedad inmueble en manos de cada tronco e impedir que se fuese dividiendocon cada generación, tratando además de que, en caso de separación entre los progenitores, los hijos quedasen cubiertos y no vieran demasiado alteradas sus expectativas de futuro. (Ciertamente, un varón con hijos de mujeres distintas daría lugar a un laberinto patrimonial que perjudicaría a los nacidos de la primera unión y que, a buen seguro, haría frotarse las manos a muchísimos abogados). Recordemos, a su vez, la teoría microeconómica de la fecundidad desarrollada por Gary Becker y también cómo cada familia actúa como una empresa en economías agrarias donde impera el minifundio, de manera que los hijos se conciben porque se necesita fuerza de trabajo y porque alguien habrá de cuidar a los padres en una senectud que comenzaba a los cincuenta años (en este caso, las hijas), edad en la que pasaban a estar prácticamente impedidos.

Esto sería un poco la explicación etic que tradicionalmente se ha dado a la indisolubilidad del matrimonio o a que los viudos acostumbrasen a desposar a sus cuñadas solteras. Reparemos también en que el matrimonio por amor no abundaba en estas economías agrarias de las que estamos hablando. Pero esto, que podía tener sentido en comunidades agrícolas(con preponderancia del factor tierra y en las que perder un predio supone aminorar de por vida la capacidad económica propia), se va diluyendo en los sistemas industriales y, muy marcadamente, en los post-industriales. Mientras que, como digo, el factor tierra no es replicable, por lo que perderlo o disgregar su propiedad conlleva dificultades para mantener el nivel de renta, el factor capital tiende a crecer si encuentra un entorno que no se lo impida demasiado y retribuye infinitamente mejor el factor trabajo. Además, las economías industriales generan excedente, cosa que las agrarias no, con que los divorcios, separaciones y reagrupaciones familiares se desdramatizan. Ello al margen de que,felizmente,ahora las mujeres dependen menos de sus maridos. Pero, repito, esto es una explicación etic que seguirá discutiéndose durante años.

A su vez, para que la autoridad de los padres exista sobre los hijos es necesario que haya un espacio determinado y protegido sobre el que las relaciones familiares puedan desarrollarse sin intromisiones. Parece claro que una regulación garantista de la propiedad privada, o de la inviolabilidad del domicilio redunda en un fortalecimiento de todas las relaciones infraestatales de jerarquía y, en especial, de aquellas que se generan en el seno familiar, ya que son precisamente las que se producen dentro de la casa.

Pensemos en un agente de policía que para entrar en un domicilio necesita una autorización judicial y unos trámites que por estar regulados conforme a un sistema garantista requieren tiempo, una fundamentación prolija sobre su conveniencia e informes especiales de distintos organismos. Si, alertado por los vecinos, este policía tuviese la sospecha de que, por ejemplo, en un hogar un padre está cometiendo una infracción grave con respecto a un hijo (por ejemplo, porque le está transmitiendo un credo prohibido), su capacidad de reacción se vería muy reducida, por lo que el ejercicio de la autoridad paterna gozaría de escasos límites. Pensemos ahora en las políticas soviéticas de residencia y distribución familiar, según las cuales varias familias estaban obligadas a convivir en un mismo inmueble (careciendo con ello de la intimidad y capacidad de organización personal propias del ámbito doméstico). Creo que este contraste expone bastante bien la conexión que existe entre familia e instituciones jurídicas, así como la importancia que la realidad material tiene sobre la organización jerárquica de sociedades y grupos.

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