El economista Ricardo Hausmann analiza las políticas que han llevado a la economía venezolana al más absoluto desastre.

El pasado 4 de mayo, el profesor de Harvard y economista venezolano Ricardo Hausmann dio una conferencia titulada The Collapse of Economies donde esboza las causas del colapso de la economía venezolana.

Crisis de tales magnitudes siempre se han producido por una de las dos siguientes causas: guerra o colapso del Estado. Sin embargo, en Venezuela ninguno de estos dos factores están presentes. Además, cabe destacar que el desastre venezolano se produce durante la década dorada del petróleo (2004 -2014) donde los precios del crudo superaron los $100 por barril. Por tanto, ¿cómo puede haber colapsado la economía venezolana durante el mayor boom petrolero de la historia y teniendo además las mayores reservas de petróleo del mundo?

El resumen que hace Hausmann comienza con la violación y destrucción de los derechos económicos en el país. La orgía expropiatoria y controladora se describe con los siguientes ejemplos: controles de precios, del tipo de cambio, del sistema financiero, de los sectores agrarios, petroleros y manufactureros, la expropiación de 6 millones de hectáreas de tierra… La planificación central de gran parte de la economía ha eliminado la coordinación de la mano invisible, tal y como expone la metáfora de Adam Smith y que Ricardo Hausmann menciona en su exposición.

Paralelamente, los altos precios del crudo permitieron un aumento de las importaciones y un aumento extraordinario del endeudamiento. Por ejemplo, durante el boom petrolero, la deuda pública externa de Venezuela se sextuplicó desde los 25.000 millones de dólares hasta los 160.000 millones. El sobreendeudamiento del gobierno venezolano se hizo palpable y los mercados internacionales cerraron el acceso al crédito.


A partir de 2014, con la caída de los precios del crudo, las importaciones se desploman y el PIB colapsa. Sin producción, la recaudación fiscal también descarrila. La única herramienta de financiación del gobierno que les queda es la monetización de deuda, es decir, emitir masivamente pasivos del Banco Central en forma de dinero. Como todo economista sabe (todos salvo los atolondrados de la MMT), esto produce inflación y hasta hiperinflación. En el caso de Venezuela, la puesta en marcha a máxima potencia de la impresora de billetes ha llevado al país al nivel de inflación actual de 1.304.495%, una de las hiperinflaciones más grandes y duraderas de toda la historia. La hiperinflación destruye el sistema financiero y retroalimenta el desplome del PIB.

La mejor manera de observar el descalabro de la economía venezolana es observar la ínfima capacidad que otorga el salario mínimo devaluado por la hiperinflación para la obtención de alimentos e ingesta de calorías. El salario mínimo, que, anteriormente, daba para comprar el equivalente en comida a 70.000 calorías diarias, a principios de año sólo servía para comprar unas 330 calorías diarias. Menos de un 1% de las calorías diarias que un salario mínimo podía comprar hace 10 años.

Por ejemplo, en Colombia, 2 horas de trabajo con salario mínimo permite comprar un kilo de pollo. Para comprar este mismo pollo en Venezuela hacen falta 63 horas de trabajo, para una docena de huevos son necesarias 97 horas de trabajo y para comprar un kilo de queso es necesario trabajar 221 horas.

Esto es lo que está sucediendo actualmente. La pregunta que todos nos hacemos es ¿qué puede hacer Venezuela para restablecer la normalidad económica? Para el profesor Hausmann, lo primero sería recuperar los derechos económicos que les han sido negados a sus ciudadanos. También cree necesario una ayuda financiera internacional al estilo del Plan Marshall que permita la importación de productos y que ayude a engrasar los engranajes de la economía para relanzar la producción. Una vez este circulo virtuoso se restablezca, la recaudación fiscal aumentará y la impresión de billetes dejará de ser necesaria, acabando con la inflación. Venezuela volvería a ser una economía próspera como ya lo fue a mediados del siglo pasado.

Este artículo fue publicado originalmente en Libre Mercado.

 

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