No existe herramienta científica alguna, al menos actualmente, que permita diferenciar el cambio climático provocado por la industriosidad intrínseca en la naturaleza capitalista del hombre y el debido a la evolución natural de los ecosistemas.

Ambos cambios se complementan y autopropulsan, siendo necesarios evolutiva y termodinámicamente para la existencia de vida en la Tierra. Esta consecuencia de facto encuentra apoyo incontrovertible en la Teoría de la Evolución de las Especies y en la II Ley de la Termodinámica. La teoría de Darwin básicamente se refiere a la adaptación (o inadaptación) de los organismos o especies a su entorno (selección natural), y la citada ley a que todos los cambios que tienen lugar en la naturaleza, así como aquellos que se observan bajo condiciones controladas de laboratorio, pueden ser:

a) Reversibles (cambio de equilibrio en el que el sistema ''se reacomoda'' alterando el orden de sus elementos, pero no el resultado, ... se dice que su cambio de entropía, ΔS, es igual a 0 calorías o julios J por unidad de temperatura º/Kelvin K)

b) Irreversibles (cambio de no equilibrio que contribuye indirectamente al de equilibrio, aumentado el desorden de los elementos del sistema,... se dice que su cambio de entropía es ΔS > 0, ...grosso modo, este factor es como la cuerda que tira del todo para producir un desplazamiento hacia delante y, por ende, un cambio inevitable; adviértase que estamos hablando, siempre, del mundo físico, del mundo de los objetos.

Lo que nunca se observa en la naturaleza es que disminuya la entropía o grado de desorden por debajo de 0 J/K, dado que los ecosistemas estarían retrocediendo, y ello ni siquiera ocurrió, por ejemplo, tras la explosión del Big Bang, después de la cual, para el caso de la Tierra, hubo fuertes fluctuaciones de energía hasta que se formaron los primeros ecosistemas y empezaron a entrar en equilibrio. Que un sistema tienda espontáneamente a mayor orden, es decir, a menor entropía final, sí se observa en experimentos con ecosistemas cerrados en los que por la dimensión escasa del sistema -imaginaros, por poner una muestra, el tamaño de un dormitorio- pueden controlarse todos los parámetros, desde los micro a los macros. En estos casos se observa que se cumple que ΔS < 0 J/K. Esto no es posible, evidentemente, en el sistema del planeta Tierra. No es posible, por establecerlo de alguna manera, ''controlar los parámetros que dictan los cambios en los ecosistemas planetarios''. ¡Es una locura! ¡No se tiene nunca toda la información!

Al igual que a nadie en su sano juicio se le ocurre refutar que la II Ley de Newton predice con intransigente exactitud y rigidez que todo cuerpo cae a la misma aceleración, 9.8 m/s² (¡La conocida aceleración de la gravedad!), independientemente de si pesa 1 g ó 600 mil toneladas, de si cae a 1 m ó de si lo hace a 20 mil pies de altitud, no pueden negarse ni la Teoría de la Evolución ni la II Ley de la Termodinámica, sin antes o después caer en el misticismo tribal. Tratándose estos procesos de equilibrios, de equilibrios autopropulsados y los primeros de fenómenos cuya acción es predecible por el cálculo fisicomatemático o cálculo diferencial, sin que pueda modificarse variable alguna por la actividad directa del hombre, el producto del equilibrio evolutivo y energético de los sistemas no puede manipularse al ser un fenómeno empujado hacia delante -up forward phenomenon-, que va equilibrando espontánea y sutilmente todos los factores intervinientes (aquí hablaríamos que la energía de Gibbs totalizada es ΔG=0, pues las parciales de un lado cancelan las del otro; pese a que aquí no entraremos en en prolegómenos fisicistas, sí que cabe citar, sólo a modo ilustrativo, que ΔG fue descubierta a partir de la I y II ley de la Termodinámica).

Por tanto, la Evolución y el Cambio son necesarios para la vida. Y cualquier intento de "parar" el cambio climático es un comportamiento reaccionario. Científicamente, no es posible detener ningún cambio en el ecosistema mediante la intervención forzosa y coactiva de los gobiernos. Pero políticamente sí es posible usar la coartada del ecologismo como tapadera de pretensiones neocomunistas de la izquierda que buscan reprimir el Capitalismo que tanto progreso material y moral ha dado a Occidente. Por hablar en los términos en que lo hace Karl R. Popper en alusión al totalitarismo en general, ‘’su único propósito es retroceder al pasado que idealizan, como efecto de la conmoción que produce en los reaccionarios todo cambio’’ (La Sociedad Abierta y Sus Enemigos).  El ecologismo y la izquierda son, pues, movimientos regresivos-reaccionarios, y su pretendido progresismo no es sino una proyección de ello. En el ecologismo no hay nada de ciencia, nada de ecología, y sí ideología al cien por cien. De hecho, una cosa que rechazan profundamente estos lobbies (subvencionados), así como otros grupos del actual colectivismo social, es la libertad de discusión, un hecho esencial para el avance de la ciencia que se cimenta en un constante probar y no parar. Estos lobbies intentan imponer por la fuerza su opinión, y cuando analizas usualmente apelan al ‘’negacionismo’’ (falacia ad hominem parecida al polilogismo de clase del marxismo para blindarse ante cualquier crítica). Lo propio en el totalitarismo. Nada nuevo.

Cada vez hay mayores innovaciones para reducir la contaminación medioambiental (no en la medida falsa que propugnan los reaccionarios antecitados). Y tal cosa no es gracias a los planes centrales de los gobiernos, o a la cumbre de los burócratas del clima de París, sino gracias a la industria capitalista, la única en la que puede florecer la creatividad y la serendipia. Así que podríamos decir con más o menos acierto que el Capitalismo sí es ecológico, pero no ecologista; lo que no defendemos los capitalistas, como decía Ayn Rand, es ‘’sacrificar al hombre en nombre del medio ambiente para que vuelva a vivir a merced del ecosistema y en estado salvaje a expensas de los mosquitos y moscas Tsé Tsé, ya que es necesario explotar el medio para poder obtener los recursos imprescindibles para vivir’’. También se debate, desde diversas corrientes del liberalismo, la redefinición de los límites de propiedad y la privatización de los espacios naturales, y otras medidas para disminuir la contaminación. Efectivamente, y, en mi opinión, hasta determinado punto, es indiscutible que el hecho de la propiedad pública de los espacios naturales no genera los incentivos requeridos para cuidarlos, siendo entonces el deterioro resultado de la intervención del Estado en los mismos (Tragedia de los bienes comunales).

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