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En 2015, la firma de estudios de mercado YouGov llevó a cabo una encuesta sobre el estado del mundo. El 71 por ciento de los encuestados decía estar convencido de que las condiciones de vida a nivel mundial estaban empeorando; sólo el 5 por ciento pensaba que el mundo progresaba adecuadamente. En una entrevista en el diario La Stampa, el Papa Francisco se subió al carro del pesimismo antiglobalización al afirmar que “la riqueza ha crecido en términos absolutos, pero la desigualdad y la pobreza se han incrementado”. Ambos testimonios están incluidos en el nuevo libro de Johan Norberg Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future.

En Progress, Norberg trata de refutar un mito ampliamente extendido hoy en día, a saber, que el proceso globalizador que comenzó a finales del s. XVIII con la Revolución Industrial y que se ha acelerado a partir de los años 90 ha supuesto una disminución en las condiciones de vida a escala global. Norberg echa mano de un volumen considerable de datos para demostrar que dicha creencia es infundada: independientemente del indicador que empleemos (pobreza, malnutrición, violencia, esperanza de vida, etc.), el mundo nunca ha sido un lugar mejor en el que vivir.

Malnutrición y Pobreza

La lacra de la malnutrición ha sido una constante a lo largo de la historia; una enfermedad crónica para la gran mayoría de la humanidad desde la aparición del Homo Sapiens. Esta situación comenzó a revertirse a partir del siglo XIX gracias a la Revolución Industrial, la cual contribuyó a elevar las condiciones de vida de las masas hasta unos niveles que nadie podría haber imaginado unos siglos antes.

Sin embargo, no fue hasta el siglo XX cuando la malnutrición comenzó a experimentar un espectacular descenso a nivel mundial. En el periodo 1947-2015, la tasa de malnutrición cayó 37 puntos porcentuales, desde el 50 al 13 por ciento de la población mundial. Este descenso es aún más espectacular cuando se tiene en cuenta que la población se ha duplicado desde los años 50. Como bien señala Norberg, la disminución en la tasa de malnutrición se debe en parte al considerable aumento de la productividad agrícola que tuvo lugar durante los siglos XIX y XX.

En materia de pobreza, el panorama es igual de esperanzador. Desde 1990, el porcentaje de población que vive con menos de un 1.90 dólares internacionales al día (definición de pobreza extrema) ha pasado de cerca del 40 por ciento al 10 por ciento de la población mundial. No obstante, en ciertas ocasiones, los porcentajes pueden resultar engañosos. Al fin y al cabo, que el porcentaje de población viviendo bajo el umbral de la pobreza se haya reducido drásticamente no implica que, en términos absolutos, el número de total de personas que se hallan en pobreza extrema haya disminuido (sobre todo si tenemos en cuenta que la población global se ha incrementado en más de dos mil millones de personas desde 1990).

Pues bien, eso es exactamente lo que ha sucedido. A pesar del notable incremento de la población, el número total de mujeres, hombres y niños que viven bajo el umbral de la pobreza ha descendido en más mil millones de personas. China es el principal responsable de esta drástica reducción: en los últimos 35 años, el país asiático ha visto reducida su tasa de pobreza extrema del 90 al 10 por ciento de su población.

 

Analfabetismo y Esperanza de Vida

La alfabetización también ha experimentado una mejora notable en los últimos cien años. En el periodo 1900-2015, la tasa de alfabetización pasó del 21 al 86 por ciento, un incremento de más del 300 por cien en poco más de un siglo. La ratio de alfabetización mujer-hombre también se ha incrementado considerablemente: del 59 por ciento en 1970 al 91 por ciento in 2010.

La mejora en la esperanza de vida es otra de las razones para el optimismo. En 1900, la esperanza de vida media mundial era de 31 años; hoy en día se halla en los 71 años. Entre los factores que han contribuido a aumentar la esperanza de vida, cabe destacar una mejor higiene, acceso a agua potable y el avance de la medicina.

Violencia, Libertad y Medio Ambiente

Cuando se debate el impacto de la violencia en las sociedades modernas, la gente suele creer que vivimos en una era extremadamente violenta. En una época en la que la información fluye sin trabas, noticias sobre ataques terroristas, guerras, muertes de inmigrantes en el mar o violencia de género ponen en marcha la llamada heurística de disponibilidad (sesgo psicológico por el cual tendemos a alcanzar conclusiones erróneas basadas en la experiencia más inmediata), la cual nos hace creer que la violencia no ha descendido de forma significativa en los últimos siglos. Sin embargo, los datos dicen lo contrario. La tasa de homicidios en Europa se redujo desde 11 por cada 100,000 habitantes en el siglo XVII a menos de 1 por cada 100,000 en la actualidad. En los años 50, 86,000 personas morían en guerras entre Estados; hoy, menos de 3,000.

Por muy impactante que pueda sonar, el siglo XX no ha sido el más violento de la historia. Las Invasiones Mongolas del siglo XIII acabaron con cerca de 40 millones de personas, esto es, un octavo de la población mundial de la época. Tal como señala Norberg, “en términos relativos, la caída de la Dinastía Ming en el siglo XVII o la caída del Imperio Romano en el siglo V tuvieron un impacto en la población mundial dos veces mayor que la Segunda Guerra Mundial”. Son varias las razones que explican la disminución de la violencia a lo largo de la historia. La aparición de la agricultura (las sociedades cazadoras-recolectoras eran extremadamente violentas), la creación de sistemas de justicia centralizados o el vínculo existente entre el surgimiento del capitalismo y el origen del humanitarismo y la moral individualista han contribuido en el descenso generalizado de la violencia.

La libertad también está al alza en el mundo. Según Freedom House, el número de países libres (países con derechos civiles y políticos) se incrementó desde el 29 por ciento en 1973 al 45 per cent in 2017. Asimismo, los países no libres pasaron del 46 al 26 por ciento en el mismo periodo. Las mujeres y las minorías también se han beneficiado de la expansión de las libertades civiles. Las mujeres pueden hoy votar en 190 países (en 1900 ninguno lo permitía) y la homosexualidad es legal en 113 países. El trabajo infantil también ha decrecido, especialmente en aquellos países que han abierto sus economías al libre mercado y la inversión extranjera.  Por ejemplo, el porcentaje de niños en Vietnam que se ven obligados a trabajar para ganarse la vida se ha hundido: ha pasado del 40 por ciento en 1993 a menos del 10 por ciento en 2006. A escala global, el trabajo infantil disminuyó del 25 al 10 por ciento en el periodo 1950-2015.

Al contrario de lo que suele pensar, el progreso también ha llegado al medio ambiente. Como refleja el Índice de Desempeño Ambiental, la mayoría de los países experimentaron una mejora sustancial en sus calificaciones medioambientales entre los años 2004 y 2014. Los vertidos de petróleo en el mar han descendido en más de un 99 por ciento desde 1970, mientras que la pérdida anual de superficie forestal se ha prácticamente detenido, pasando del 0.18 por ciento en 1990 a menos del 0.01 en 2015.

Todavía Queda Mucho por Hacer

Como dijo en una ocasión Jane Jacobs, la pobreza no tiene causas; sólo la prosperidad tiene causas. Los grandes avances que se han producido en las condiciones de vida a nivel mundial, y que Johan Norberg analiza de forma brillante en Progress, han sido posibles gracias a que muchos países han tenido acceso a los beneficios del libre mercado por primera vez en su historia. Sin embargo, no todo está hecho: 700 millones de seres humanos aún viven por debajo del umbral de la pobreza; el cambio climático así como las políticas destinadas a ponerle freno pueden constituir una amenaza para el crecimiento económico y la estabilidad de los países en desarrollo; la esperanza de vida en el África subsahariana es todavía 30 por ciento menor que en la Unión Europea; un gran número de gobiernos no respetan las libertades básicas y los derechos humanos; y muchos otros problemas que tendrán que ser abordados en las próximas décadas. No obstante, si se aplican las recetas económicas y políticas adecuadas, la historia muestra que existen razones para ser optimistas sobre el futuro de la humanidad.

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