Muchos que dicen ser liberales resultan no serlo: quieren utilizar el Estado para imponer una determinada agenda. Por ejemplo, prohibiendo partidos.

Hace unos meses, en una clase sobre los partidos, sistemas de partidos y demás, salió el tema de qué partidos están permitidos en según qué sistemas, qué diseños electorales dan más poder a qué partidos y qué métodos se utilizan para dejar fuera del juego a algunos de ellos. En definitiva, qué filtros suelen poner los sistemas democráticos para evitar que ciertos grupos puedan competir o, al menos, que puedan competir en igualdad de condiciones.

Uno de mis compañeros entonces dijo: “cada ideología va a querer dejar fuera a aquellos partidos que representen la ideología contraria. Por ejemplo, los liberales van a querer prohibir los partidos socialistas”. Muchos nos habremos encontrado en una situación así, discutiendo por qué o por qué no hay que imponer una determinada visión sobre la sociedad. Creo que este es uno de los temas en que la sociedad está más errada sobre los liberales. ¿Queremos prohibir partidos? Esta visión de que consideramos utilizar el aparato del Estado para seguir unos fines concretos e imponerlos sobre el resto de la sociedad me parece que está muy alejada de lo que representa el común de los liberales. En este texto voy a tratar de dar unas pinceladas sobre este asunto. No apoyo el hecho de repartir carnés para decidir quién o quién no es liberal (yo no soy quién para decidirlo); sin embargo, considero necesario limitar el significado del concepto “liberal” para evitar caer en un estiramiento conceptual que acabe diluyéndonos con posiciones más conservadoras o progresistas.

Dentro del espectro ideológico son muchas y muy variadas las ideologías, y muchas son también sus diferencias. Sin embargo, si descontamos aquellas más extremistas, prácticamente cualquier ideología, a izquierda y derecha, considera necesario el uso del Estado con fines partidistas, para imponer una determinada agenda, tanto a nivel social, como político y económico. Dado que el Estado utiliza como medio principal, pero no único, la coacción para alcanzar sus fines, resulta muy jugoso para políticos de todos los rincones del espectro ideológico usar sus mecanismos para conseguir unas determinadas metas. Esto ha venido siendo así desde hace tanto tiempo que ya lo consideramos como normal. Por supuesto que mi compañero metió en el mismo saco a los liberales: a fin de cuentas, este término ha sido desvirtuado y estirado poco a poco por aquellos que decían serlo, pero cuyas ideas de fondo eran profundamente estatistas.

Yo sostengo que el liberalismo en realidad se aparta en gran medida de esta concepción del uso de aparato del Estado. Varios han sido los liberales que han defendido a capa y espada que el Estado no ha de poder imponer una determinada agenda pública.

Por ejemplo, de Stuart Mill nos llega la idea de que, para evitar el despotismo de unos sobre otros, es necesario un gobierno limitado. Ya que tanto los gobernantes como los ciudadanos, según Mill, tenemos disposición a imponer nuestros gustos, opiniones y visiones al resto de individuos, es necesario limitar el poder que puede ejercer el Estado sobre nuestras vidas, a fin de evitar que caiga en manos de aquellos que sueñan con limitarnos a nosotros. Desear que se lleven a cabo determinadas políticas o acciones sociales no pasa por darle un poder desmesurado a nuestros gobernantes.

El propio Hayek defendió un Estado tan limitado que no pudiera imponer unas directrices determinadas. Se oponía a que el Estado marcara los fines de la política social y económica, porque esto pasaba por disminuir o eliminar las posibilidades de que otros individuos pudieran perseguir los suyos propios. El Estado necesita recursos y normas para funcionar, y si estos los utiliza para marcar una serie de metas determinadas, reduce la libertad de los individuos que puedan tener diferentes planes. En su ensayo “Principios de un orden social liberal”, Hayek hace hincapié en esta idea. Por lo tanto, no existe un plan de acción social prestablecido desde arriba, sino que se dan una pluralidad de fines, tantos como los individuos quieran, si cooperan libremente.

Así, retomando la idea de este artículo, creo que lo básico para establecer una sociedad liberal no pasa por prohibir la existencia de ciertos grupos (de nuevo, dejando a un lado a aquellos extremistas que supongan un peligro para los demás), sino por reducir tanto el tamaño y el poder del Estado, que los gobernantes no tengan demasiado margen de maniobra para imponernos una determinada agenda, meta, o idea. Una sociedad libre requiere límites al poder de los Estados y, por lo tanto, límites a la acción que puedan llevar a cabo los grupos que utilicen sus mecanismos. La libertad no pasa por limitar los derechos de asociación y reunión de los individuos, sino por limitar el poder coactivo que pueden llegar a tener sobre el resto de personas. Prohibir la libre cooperación entre individuos es algo que está totalmente alejado de la visión liberal, y por lo tanto, es una idea en la que tenemos que hacer hincapié los liberales para desmarcarnos de otras visiones más estatistas.

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