Una crítica al abolicionismo bajo una perspectiva liberal

En 1783, Carlos III decretó que el trabajo no era deshonroso, para oponerse al imaginario colectivo de los españoles de antaño: que llevar a cabo un trabajo productivo era incompatible con ser reconocido como un hombre de honor.

Hoy en día, lamentablemente, parece que se ha dado un salto hacia atrás en esta materia con respecto a algunos oficios que, conforme a los posos de pensamiento del feminismo marxista, se consideran deshonrosos o patriarcales, como es la prostitución. Al amparo de sus herramientas de análisis, últimamente se ven a no pocas activistas atacar todo el sector de la prostitución: no solo al cliente, al que tildan de “violador”, sino a las propias prostitutas, a las que el mejor calificativo que pueden otorgar es el de “alienada”.

Bajo una perspectiva liberal, podemos establecer que cada individuo es amo y señor de su cuerpo, su voluntad y sus acciones. Con esta premisa, razonamos que cualquier contrato que se establezca entre dos individuos, siempre que sea voluntario y que no medie ningún tipo de engaño o coerción ni implique quebrar los derechos de terceros, será válido y nadie tendría derecho a frenarlo. Por ende, la prostitución sería un contrato entre una trabajadora sexual y un cliente en el que se acuerda un servicio a cambio de una remuneración, con el consentimiento de ambas partes.

Ahora bien, el feminismo marxista, dentro de su concepción de la sociedad patriarcal, señala dos cuestiones: la primera, que las trabajadoras (y trabajadores) sexuales solo desarrollan esa actividad por pura necesidad económica; la segunda, que el mero consentimiento no es suficiente para que este tipo de contrato sea válido y no entrañe un abuso de poder del hombre sobre la mujer (sería oportuno preguntarles qué relación de poder habría entre un prostituto hombre y una cliente mujer), ya que las únicas relaciones sexuales válidas son las que conllevan deseo.

A estas dos objeciones se puede contestar al mismo tiempo. Las trabajadoras sexuales desarrollan esa actividad por necesidad económica, al igual que el granjero, el albañil, el profesor, el barrendero, el ingeniero o el cocinero llevan a cabo sus actividades profesionales en busca de una remuneración monetaria. El gusto personal que además tenga cada persona por el trabajo que realiza es subjetivo y cambiante, pero no se puede establecer un sesgo de “explotación” y “no explotación” en base a la satisfacción personal del trabajador (que incluso puede variar en el mismo puesto). Además, cualquier puesto de trabajo es susceptible de considerarse, bajo el rasero del feminismo radical, un “perpetuador del sistema patriarcal”. Azafatas, camareras, secretarias, presentadoras, modelos... A todas se las exige una cierta imagen que puede ser señalada como un fetiche por la figura femenina y, por ende, un oficio al mismo nivel que la prostitución. Para muestra, un botón: recordemos a las azafatas de Fórmula 1, a las que han enviado al desempleo por, según estos colectivos, “sexualizar a la mujer”. En cuanto a la falta de deseo, podríamos hacer el mismo paralelismo que anteriormente: ¿si un trabajador no desea fervientemente levantarse a las 6 de la mañana para ir a su puesto, estamos hablando de esclavitud? Pero hay un ejemplo que se acerca mucho más al tema de la prostitución: una película romántica. Imaginemos una escena de besos entre los dos actores, que dan su consentimiento, pero no tienen por qué desear sexualmente a su compañero. ¿Es esto abuso? A nadie se le ocurriría tildarlo así. Entonces, ¿por qué con la prostitución sí?

Este es el camino que las feministas radicales están abriendo a las mujeres: condenarlas de nuevo a ser meras amas de casa, sin ningún empleo posible, puesto que ante la sociedad patriarcal trabajar implicaría una degradación de su persona como mujeres debido a que las explotarían, sexualizarían o abusarían de ellas sistemáticamente. No se preocupen, es todo por su bien.

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