En los debates económicos y políticos dentro del sector liberal generalmente suele haber mayor confrontación de la que parece.

Los liberales podemos llegar a ser muy variopintos, y nuestros grupos de debate se componen de gente muy diferenciada, y que incluso pueden llegar a posicionarse en las antípodas de la política sin realmente saberlo. Un ejemplo de ello son aquellos neoconservadores, pro-Orbán, pro-Salvini, y por supuesto seguidores acérrimos de Vox, que tratan de defender a capa y espada la posibilidad de integrar el conservadurismo extremo dentro del marco del liberalismo, tratando de crear un one size fits all imposible de aceptar.

Llevo dando batalla intelectual a este tipo de conservadores durante ya muchos años, ya que en muchos aspectos me parecen incluso más peligrosos que la izquierda. Mucho se habrán quedado anonadados con esta afirmación, pero les aseguro que no me quedo corto. Y es que, el peligro que corremos si aceptamos encuadrar a fuerzas de la derecha identitaria y nacionalista como Vox o la Liga Norte dentro de un vago concepto de liberalismo, es que a los que somos realmente liberales se nos asocie con esa bazofia xenófoba y totalitaria. Con la irrupción de estos partidos (por no denominarlos sectas) es cuando caen las caretas y se ve realmente quienes defendemos la separación de poderes, la mínima intervención estatal, y la máxima libertad individual posible dentro de todos los campos sociales (aunque a muchos ultraconservadores les pese, sí, los liberales clásicos también defendemos la libertad religiosa y la libertad sexual…).

Pero lo que realmente me hace gracia, es que estos mismos señores que desean una máxima intervención estatal en todos los aspectos morales (demonizándonos a todos aquellos que queremos legalizar las drogas, la prostitución o la gestación subrogada en aras de una mayor libertad), de repente tienen la ocurrencia de eliminar, barrer y dilapidar al Estado en cuanto a cualquier tipo de intervención económica se refiera. Vamos, la seriedad la perdieron hace tiempo. Puedo llegar a entender incluso a aquellos anarcocapitalistas o minarquistas que desde una ideología pro-libertad defiendan la cuasi erradicación del Estado en todos los ámbitos. No comparto su opinión, pero la entiendo. Lo que no entiendo es aquellos que desean que el Estado este metido en nuestra cama todas las noches, pero eso sí, que no provea ni de sanidad ni educación a los más desfavorecidos. Y repito, este no es el pensamiento de los partidos ultraconservadores (que suelen ser intervencionistas as well en lo económico), sino de algunos de sus seguidores que tratan de inculcarnos su falso liberalismo.

Mi idea de liberalismo siempre ha sido un liberalismo anti utópico, que cree que debe haber una cierta intervención del Estado en la economía, no solo para dinamizar su funcionamiento en algunos aspectos; como garantizar la competencia en el mercado, sino para financiar (que no proveer, como veremos más tarde) algunos servicios básicos como sanidad o educación. Por supuesto, por si quedaba alguna duda, socialmente defiendo la máxima libertad del individuo en todos y cada uno de los campos, siempre y cuando su acción se encuadre dentro del marco de la ley y no vulnere los derechos o libertades de un tercero. Pero este no es el tema del artículo. Volvamos al campo económico. Como iba diciendo, los liberales clásicos, al estilo hayekiano, más que rothbardiano, creemos que un cierto peso del Estado en la economía es necesario, para garantizar una máxima igualdad de oportunidades; que no de resultados, encuadrado en un mínimo Estado del Bienestar, por supuesto nada parecido al actual, que rebosa por todos sus cauces. Para defender esta idea, cabe exponer la teoría de la curva de Rahn.

En primer lugar, la curva de Rahn presenta una noción de sentido común, como que cierto peso del Estado en la economía; generalmente en torno a un 20-25% del PIB, ayuda a sostener una estructura de mercado prospera y una sociedad avanzada. Pero no olvidemos la otra parte de la curva de Rahn; la fase final de la curva, la que representa la caída de la eficiencia macroeconómica, y es que señala que un peso del estado mayor a ese 25% es innecesario, imprudente e ineficiente, reduciendo la mejora social generalizada y contrayendo el crecimiento económico actual, alejándolo del potencial máximo de la economía. La fugaz y acertada conclusión que podemos obtener de esta teoría es que en Europa son necesarias políticas de austeridad mucho mayores de las que supuestamente se han desarrollado. Es necesaria una reorientación del gasto publico hacia una mayor eficiencia y una eliminación de todas las duplicaciones burocráticas y administraciones paralelas. Debemos reducir a cenizas el chiringuito político. Solo así conseguiremos que países como España o Francia bajen de sus respectivos 42% y 57% de gasto público/PIB.

Incluso los libertarios más extremos estarán de acuerdo conmigo en que la reducción del gasto no debería tocar partidas tan relevantes para el funcionamiento de la sociedad como es el gasto en ciertos “bienes públicos”; en sus más puro sentido económico, como son la seguridad, la defensa y la justicia (por supuesto con previa existencia inexorable de una firme separación de poderes), ya que todos estos servicios permiten un mejor funcionamiento de la sociedad y la economía, con sus consecuentes beneficios para todas las capas de la sociedad.

Muchos liberales, y proyectos de economista; como es mi caso, creemos que una fuerte inversión estatal en capital humano y capital físico es asimismo necesaria. La actual inversión en educación e I+D es de lo más ineficiente en muchos países, como es el caso de España, pero eso no significa que debamos eliminarla por completo, sino remodelarla para hacerla más eficiente y productiva. Que crea que esta inversión es necesaria, no quita que considere aún más esencial ofrecer un mayor rol al sector privado en estos aspectos. Todos estos casos, y un análisis pormenorizado por sector de esta idea, se encuentran plasmados en mi libro In Defense of Freedom, en el cual expongo algunas ideas que podrían aplicarse a España como el cheque educativo o cheque escolar para la totalidad del sistema. Esta nueva política permitiría eliminar totalmente el coste de infraestructura y mantenimiento de colegios y hospitales, dando un mayor peso al sector privado y a la competencia dentro del mismo. El Estado se encargaría de proveer a todos los ciudadanos con un presupuesto mensual para educación (aquellos que lo requieran) y sanidad, el cual podría ser utilizado en cualquier centro privado (que tendría total libertad de fijar sus precios), y complementado con capital privado, si así lo desea el ciudadano. De esta manera, se lograría una mayor eficiencia del gasto público a través de una mejora de la productividad y rendimiento del capital humano, mostrado en resultados futuros.

El gran problema hoy en día se encuentra en que gran parte del gasto actual no se encuentra en lo que se denominaría como “gasto productivo” en la teoría de Rahn, ya que se destina como transferencias o consumo, que solo contribuye a un menor rendimiento económico al incrementar la dependencia del muchos individuos y empresas hacia el Estado. No es casualidad que economías con ligera intervención estatal como Singapur o Hong Kong tengan mejores resultados en cuanto a crecimiento económico e IDH (para aquellos escépticos del crecimiento económico, como el académico Richard Easterlin), que algunos otros países como EEUU, Francia o España, con pésimas ratios de crecimiento en contraste a su potencial máximo.

En conclusión, hoy en día, y ante los populismos; tanto de izquierda como de derecha, es necesario el resurgimiento de un nuevo liberalismo, tan alejado de la socialdemocracia como del ultraconservadurismo, que base sus ideales en la máxima libertad del individuo junto a la garantía de una igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Un nuevo liberalismo que respete el marco constitucional y la estructura democrática. Un nuevo liberalismo que promueva bajar el gasto público desde el 40-50%/PIB hasta el 25% para promover la eficiencia económica. En definitiva, un nuevo liberalismo que se aleje del Nirvana anarco capitalista y del infierno socialista. Un liberalismo realista y anti utópico.

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