Durante las últimas dos semanas no hemos parado de oír hablar sobre las negociaciones entre China y EE. UU. acerca de las relaciones comerciales entre ambos países.

Tras las últimas reuniones que mantuvieron los equipos negociadores de Trump y Xi Jinping, durante los meses de enero y febrero, se fijó que la fecha límite para llegar a un acuerdo comercial entre ambos países sería el 30 de marzo, fecha que se extendió por mutuo acuerdo al ver imposible llegar a una conclusión antes del día señalado. Siendo sinceros, yo tenía muy claro que no se llegaría a un acuerdo en materia comercial entre ambos países. Por dos razones muy simples. En primer lugar, las acusaciones dirigidas por Trump contra el gobierno chino eran de enorme calado, y tenían una importancia tan grande que, de cara a la población del gigante asiático, su gobierno nunca habría llegado a aceptar las condiciones propuestas por el mandatario norteamericano. Debemos recordar, que Trump acusaba y acusa a China de robar propiedad intelectual a las empresas americanas y de practicar dumping comercial, es decir, que las empresas exportadoras chinas reciben subvenciones por parte del gobierno chino en pos de ser más competitivas en materia de precios en el mercado internacional. Pero el segundo factor, y muy relevante, es que, en mi opinión, Trump es un proteccionista nato. Es decir, no cree en el libre comercio unilateral y promueve sin cesar políticas neomercantilistas en materia comercial, más propias de los siglos XVI y XVII que del siglo XXI, con una economía global descentralizada y con extensísimas cadenas de valor distribuidas a lo largo y ancho del globo.

Lo primero de todo es ponernos en situación. Trump anunció el pasado lunes 6 de mayo, que aumentaría los aranceles del 10% al 25% sobre un valor equivalente a 200.000 millones de dólares de productos chinos, al haber aplicado ya ese mismo arancel sobre otros tantos bienes distintos por valor igual a 200.000 millones el año pasado. Esta amenaza finalmente se hizo realidad el viernes 10 de mayo, cuando entraron en vigor dichos aranceles. Algunos mandatarios del gobierno chino anunciaron que, tras esta medida, adoptarían políticas de retaliación en un futuro cercano, sin aclarar, eso sí, cuales serían dichas medidas concretas. Pues bien, esa es la situación actual: una guerra comercial de trincheras entre las dos principales potencias económicas del mundo. A continuación, pasaremos a analizar tres puntos muy relevantes en este asunto: Por qué Trump tiene una idea completamente equivocada sobre el comercio internacional y las políticas de liberalización unilateral del comercio, los efectos que esta guerra comercial ha tenido, está teniendo y tendrá sobre la economía americana; y finalmente, cuales son las bazas de China para ganar dicha guerra comercial, aún siendo un escenario poco probable.

En primer lugar, cuando hablo de la incomprensión de Trump y su desconocimiento de la materia en comercio internacional, no lo hago de manera arrogante o condescendiente, sino humildemente desde el plano teórico. Trump cree que el comercio internacional es un juego de suma cero, es decir, que los países con una balanza comercial positiva ganan, y aquellos que registran déficits en materia de comercio internacional, pierden. Una visión muy simplista y proteccionista del comercio. Trump ha mencionado en multitud de ocasiones la necesidad de traer de vuelta a los EE. UU. todos aquellos puestos de trabajo e industrias que se fueron del país con el proceso de deslocalización industrial, que hizo que muchas de estas empresas desplazaran su producción a China, y por lo tanto multitud de trabajadores del Medio Oeste americano prevaleciesen desempleados durante años. Yo no niego que esto sea un grave problema por solucionar, o que el descontento ciudadano del rust belt (que en gran parte hizo ganar a Trump las elecciones presidenciales de 2016) sea algo a solucionar. Por supuesto que, si las propuestas para solucionar dichos problemas son similares al Tax Cut and Jobs Act de 2017, bienvenidas sean, ya que han jugado un papel clave en incrementar la renta disponible de los trabajadores de clase media, reducir el desempleo al 3,6% (mínimo desde 1969), aumentar los salarios al 3,2% interanualizado, o promover una masiva atracción de capital extranjero y repatriar el propio. Eso sí, si las medidas económicas son de carácter nacionalista y proteccionista como la negativa a firmar el TTIP, sustituir el NAFTA por el USMCA; siendo este nuevo acuerdo comercial con México y Canadá mucho mas proteccionista, o la actual política comercial con China… pues lógicamente son medidas que no me parecen ni mínimamente aceptables, principalmente por la concepción errónea que proyectan sobre el comercio internacional, y el daño que pueden causar a la economía americana en el medio plazo. Trump tampoco entiende que en el caso de EE. UU., el déficit en la balanza comercial representa un superávit de inversión, ya que más del 65% de los bienes importados de China, no son bienes de consumo, sino insumos para la producción, principalmente componentes y piezas para manufactura o bienes de capital tecnológico destinados al sector terciario.

Tal y como ha explicado el reputado economista Steve Hanke en varias ocasiones, el déficit comercial se encuentra directamente correlacionado de manera proporcional con el déficit presupuestario. Esto se basa en el concepto de identidades económicas, que se representa de manera mucho más clara a través de la siguiente ecuación:

(M-X)=(I-S)+(G-TR) , que representa,

(Importaciones- Exportaciones) = (Inversión privada- Ahorro privado) + (Gasto público- Ingresos fiscales)

Esta ecuación es corroborable a nivel numérico también, ya que el déficit comercial acumulado desde 1975 hasta hoy en día son $47 trillion, mientras que el otro lado de la ecuación acumularía $43.2 trillion, según datos del propio Steve Hanke, recopilados de estadísticas oficiales de la Reserva Federal.

En segundo lugar, procederé brevemente a exponer los efectos de dichas medidas proteccionistas sobre la economía americana.

Pues bien, mucha gente piensa que dichas medidas arancelarias de la Administración Trump están teniendo efecto y logrando que EE. UU. reduzca su déficit de la balanza comercial. Pero no, efectivamente dichas políticas están teniendo un efecto adverso al deseado. Es más, el déficit de la balanza comercial alcanzó su máximo de 10 años en 2018, llegando a ser este de $621.000 millones. Pero, además, el déficit comercial con China aumentó prácticamente un 12%, de $375.000 millones en 2017, a $419.000 millones en 2018. Vamos, todo un éxito la política comercial de Trump (nótese la ironía). Según datos de Tax Foundation (un think tank precisamente no izquierdista), el efecto de las políticas proteccionistas de Trump podría minar el crecimiento potencial de la economía americana un 0,75% a medio plazo, restar al crecimiento salarial un 0,48%, y destruir 582.000 empleos a tiempo completo. Esto no significa que la economía americana no vaya a seguir creciendo, los salarios aumentando, o que se vaya a destruir empleo en términos netos. Lo único que indica el estudio es que la guerra comercial ralentizará dichos indicadores y no les permitirá alcanzar su máximo potencial.

En tercer lugar, y aunque sea una conclusión poco probable a la guerra comercial, prácticamente ningún economista se ha planteado qué bazas puede tener China para ganar dicha guerra comercial. Pues bien, China es uno de los mercados que más rápido se expande por el momento, y cada vez produce bienes tecnológicos de más alta calidad, siendo estos bienes de capital de esencial uso para algunas compañías americanas, como la cadena de supermercados Walmart, cuyo sistema de software y todo el hardware de las tiendas procede del gigante asiático. Compañías como Walmart, por lo tanto, serían las primeras en notar los efectos de una probable retaliación china, e incluso de las propias políticas proteccionistas del Presidente Trump, ya que deberían aumentar los precios de sus productos de alimentación y ocio, al estar manufacturados o extraídos con bienes de capital de origen chino, los cuales devendrían más caros o de peor calidad.

Asimismo, debemos tener en cuenta que China posee más de $3 trillion de reservas de dólares, mientras que EE. UU. Solo posee $120.000 millones de divisa china, lo que podría desestabilizar el mercado de divisas y hacer tambalearse al dólar en el corto plazo, algo que tendría un gran efecto sobre todos y cada uno de los países del mundo, ya que hoy por hoy el dólar es sin duda la divisa de referencia global.

Por último, gran cantidad de bienes de lujo consumidos en China provienen de EE. UU. y de la UE, lo que podría causar que en caso de imponer China restricciones a las importaciones americanas, dicha demanda pasara totalmente a la UE, al ofrecer sustitutos a los productos de lujo americanos, entre ellos, automóviles y vestimenta.

Claro está que todo este conflicto sería más fácil de resolver con un papel más activo de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que sería posible si Trump no hubiese bloqueado el nombramiento de dos jueces al tribunal de la OMC, encargado de este tipo de casos. Dudo que sean coincidencias, e incido en la idea de que Trump es realmente un proteccionista convencido.

Estos son los hechos objetivos acerca de la encrucijada comercial actual. Saquen ustedes sus propias conclusiones.

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